La sociedad occidental poco a poco fue instalándose en la comodidad, una ventaja que forma parte de las prácticas de la vida: dos, o incluso tres vehículos por pareja, varios televisores por hogar … La lista es larga, y por otra parte, guía una necesidad nunca apaciguada, promoviendo cada vez más querer lo que no se tiene y generando a la vez una perpertua falta que merodea y golpea ligeramente en un universo globalizado, que empuja superyoicamente a gozar. La sexualidad humana nunca fue tan libre. La ciencia nunca ha progresado tanto en la exploración del cuerpo y del cerebro. Y sin embargo nunca fue tan agudo el sufrimiento psíquico, soledad, ingesta de psicotrópicos, aburrimiento, cansancio, medicación de cada minuto de la vida.
Este vacío que conduce a la impotencia se encuentra a hablar sobre el diván o en cara-a-cara ya que el deseo termina por desencadenar interrogaciones. La cura analítica puede conducir progresivamente al paciente a salir de esta opacidad, pero ¿a qué precio?
Sigmund Freud decía que un análisis sólo es costoso aparentemente. Si el importe de una sesión puede parecer elevado*, hacer un análisis toma muy rápidamente pasos de privilegio. Al no tratarse de una consulta médica, el pago pendiente se inscribe en el proceso de una relación transferencial que puede entonces, y por esta sola condición, convertirse en interpretable. Pero, sobre todo, Freud recalcaba que el psicoanálisis debería permitir, entre otras cosas, disfrutar (entendido en términos de amar, gozar..) y trabajar. Esta teoría deja entrever la cura como una práctica que suprime los problemas existenciales básicos (tan elementales que se vuelven fundamentales). Pero el alcance de un análisis se asimila también a una ambición de otro orden, de una clase mucho más pasiva: la armonía, lo que permite admitir y concluir que el privilegio de la cura es sobre todo autorizarse este “lujo”.