Fantasma y deseo II

By rk


Lic. Rosa Aksenchuk – Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Universidad de Buenos Aires.
Editora Asociada de la Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net. Directora de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales © 2007. Buenos Aires http://www.psikeba.com.ar/.

Coordinadora de Arès Atención Psicológica: http://www.arespsi.com.ar


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“Fantasías histéricas y bisexualidad” es un texto fundamental para el psicoanálisis y para su clínica. El desarrollo que hace Freud deja presente la posibilidad a Lacan de armar la fórmula del fantasma, al suponer en tiempos de la primera infancia una situación de onanismo infantil, que le permite pensar como se dan los movimientos iniciales de la construcción de la fantasía.

Freud hace allí una conexión que es muy llamativa; enlaza una acción autoerótica con una representación-deseo que viene del campo edípico. Lo que Freud observa es que se produce una soldadura entre una forma de goce, un juego asociativo en ciernes, a producirse. Un ensamble entre dos texturas sumamente heterogéneas. No es lo mismo que una asociación siga un curso en una tramitación representacional, que algo que enlace un campo de representación donde podríamos ubicar al sujeto en su barramiento, con un campo de alternativas de goce, en relación al cual nos podríamos autorizar, con cierta cautela, a ir colocando el objeto a.

Freud produce una soldadura de elementos heterogéneos, entre el goce y el campo del deseo, que operando como fantasía, y que bajo el efecto de la represión primaria, conserva su eficacia. Algo así como si Freud hiciese un señalamiento fuerte respecto del peso estructurante de esas operaciones, de las cuales el fantasma puede ser su correlato. Uno podría decir que el correlato del tránsito edípico es el Superyo, más o menos rígido de acuerdo a las declaraciones de sexo, pero posiblemente el fantasma y las formas fantasmáticas estén fuertemente ajustadas también a eso, y también a lo que nombramos como declaraciones de sexo. Es evidente que hay una dominancia del fantasma de la escena primaria en la neurosis obsesiva y por ende en la posición viril y la seducción en relación a la histeria y lo femenino.

Freud encuentra que esta fantasía inconsciente opera en las condiciones de la vida amorosa de cada quien. En las condiciones que despiertan la erotización fantasmática como prolegómeno o condición del acto sexual. La idea de Lacan de “no hay relación sexual” refiere también a la dificultad de tomar con cierta liviandad términos como lo “interpersonal”, cuando se trata de un punto de encuentro-desencuentro de posiciones fantasmáticas. Una referencia clínica que muy patente es la de un sujeto que llega a su sesión asombrado de los dichos de su partenaire sexual circunstancial, quien lo insultaba como si él la estuviera maltratando, violentando contra su voluntad. Cuando la posición de él era más bien la de alguien protector, “acogedor”. Se encontraba con que el fantasma del otro, de la otra en el caso, jugaba por otras coordenadas fantamáticas.

Uno de los destinos de mayor implicancia de los fantasmas fundamentales es operar como condición de la vida amorosa.

La alternativa para Freud está planteada también en la perspectiva sublimatoria como campo de la pulsión, no como campo de los ideales. Este no es el tema, pero vale señalarlo.

En el sustrato del fantasma, de las fantasías inconscientes está operando la pulsión parcial, por eso cuando Freud se sitúa allí habla de la impronta de la operatoria de la parcialidad pulsional (sadomasoquismo, voyeurismo-exhibicionismo).

Entonces, fantasma como condición de la vida amorosa, sublimación como destino pulsional y también el síntoma, como satisfacción sexual sustitutiva. Es como si Freud plantease los destinos de la posición fantasmática se plasmaran en formas alternativas de goce, entre las cuales está incluido el goce del síntoma que expresamente Freud lo plantea como una satisfacción sexual sustitutiva. Esa satisfacción sexual sustitutiva es accesible en el análisis y por ende dialectizable, remisible, atravesable, cuando se produce el movimiento de producción del saber inconsciente hacia la construcción y travesía del fantasma.

El fantasma se hace presente como un montaje, como una pantomima, como una escenificación.

Freud atribuye a la neurosis la otra escena en tanto fantasmática, en el lugar de lo que el campo de la perversión se positiviza como voluntad de goce. Cuando se avanza en la producción de las coordenadas del fantasma en un análisis, se va delineando cierta fraseología que permite una decantación de la primera escenificación, cierta axiomática de esas posiciones fantasmáticas. No creo que se trate de una frase única. En algunos lugares se suele hablar de “la frase del fantasma”, como si una frase única englobase la totalización de lo que ahí se está produciendo. Es evidente que la axiomática fundamental del fantasma, hace de borde y, por ende, le da condición de existencia a lo real de un traumatismo que no cesa de no inscribirse y que como tal es una cuestión eje para el psicoanálisis.

Si nos detenemos a explorar el concepto fantasma, se nos plantea una dificultad. Por un lado, connota cierta fijeza, cierta repetición de lugares que implican un no desprendimiento de formas de goce. La fijeza del fantasma, sin embargo, se sostiene de cierta seriación de fases del fantasmas, si no le tenemos miedo a poner diacronía en una dimensión estructural que sostiene su juego operatorio.

La referencia del fin de análisis como lo tematizó Winnicott, en relación al carácter maníaco-depresivo de algunas de sus alternativas de resolución analítica; lo que con dificultad denominamos como psicosis maníaco-depresiva mostraría, en su exacerbación, fases que están en correspondencia con el movimiento del fantasma casi de cualquiera. Es cierto que hay frases que se estabilizan como tales, pero que ocultan un juego operatorio donde la temporalidad es mucho más compleja de la que parece estabilizar la frase manifiesta. . Si tomamos “pegan a un niño”, una frase enigmática, respecto de deparar un goce a alguien. Los analistas tenemos la oportunidad de escuchar frases que no son estrictamente esa, pero sí frases que denotan el goce de un castigo proferido a un lugar tercero y ejecutado por alguien que no está en principio referido al otro paterno. La dimensión gozosa en tanto goce del castigo, de la paliza, la deduce Freud de la construcción de la frase intermedia, inconsciente: “yo soy pegado por mi/el padre. La frase del fantasma manifiesto es “pegan a un niño” o “un niño es siendo pegado” para expresarla con el movimiento y la actualidad con que se presenta. La asociación conduce sin grandes tropiezos a la rivalidad edípica: “el padre pega a un niño odiado por mi”. Y la frase inconsciente, que se deduce por construcción en análisis: “soy pegado por mi padre”. Mostraría por un lado como esa fraseología se deduce del tránsito por el Edipo y Castración y como es consecuencia de las operaciones que allí se dan. Mostrarían un punto de sometimiento al castigo paterno y también ciertas vías de solución.
Cuando se localiza la relación al padre, como padre castigador del sujeto en posición de objeto, como pronombre ya enunciable, pueden emerger trayectos asociativos donde lo que aparece es otro tiempo del fantasma más ligado al asesinato de padre.

Podríamos decir que el fantasma repite en operaciones la metáfora paterna.

Vacilación fantasmática

Estas secuencias del fantasma tienen su inflexión en relación a un punto de imposibilidad que solemos nombrar como vacilaciones del fantasma, colapsos del fantasma, de “encuentros con lo real”.

El fantasma, por más de que sea sufrido, o de flagelación, resuelve la angustia que produciría la radicalidad de un vacío absoluto, un efecto de derilección, de desubjetivación.

Las vacilaciones del fantasma en análisis son las que permiten un movimiento hacia su travesía, su construcción, su decantación y al aligeramiento de las formas de goce sintomáticas que a él se anudan.

Hago esta primera salvedad de que no podríamos afirmar que haya posición fantasmática en cualquier consultante, haciendo también la salvedad de que no solamente por estar contemplando la posibilidad de que la operación dominante sea preclusiva o forclusiva, sino también porque, y esto es una cuestión que se trabajará en el segundo cuatrimestre de este seminario, la clínica nos confronta con la insuficiente de la repartición psicosis y neurosis. Posiblemente y apuntando a la posición fantasmática, encontremos en las detenciones de los movimientos que son condición para que el fantasma neurótico se constituya, una forma de localizar lo que ahí se pone en juego.
Me parece que la forma en que algunos psicoanalistas pensamos la cuestión de las nombradas estructuras de borde -que intentan resolver una designación insuficiente como la de borderline o alguna categoría que aluda al punto intermedio en forma imprecisa- requieren de desarrollos implicados en otras estructuraciones clínicas, pero toman las dificultades en cuanto a la conclusividad de los movimientos identificatorios que son condición para que el fantasma sea la respuesta que el sujeto puede producir frente al goce del otro.

Sabemos que al lugar de una insuficiencia fantasmática, puede venir una actuación, una impulsión, o algunas designaciones con las cuales tramitamos esa emergencia de un goce no procesable, vía las dialectizaciones que el fantasma, aún con su tono penoso permite. Este es un campo abierto a la polémica. Hay analistas que sostienen que valdría la pena hablar de una cuarta estructura; que las estructuras de borde tienen que ver con lo no conclusivo del campo indentificatorio, de la identificación imaginaria al otro real. Es una posición que requiere ser más explicitada.

Pero es evidente que cuando no tenemos una convicción diagnóstica -siempre es aproximativa- estamos muy atentos a lo que el sujeto tiene como instrumento, cuáles son sus estrategias, qué es lo que puede producir, como lo despliega en transferencia y cuáles serían las formas para que eso que está haciendo signo o actuando sin llegar a interrogar pueda encontrar su puesta en movimiento.

Plantear el diagnóstico en términos de la posición fantasmática, nos lleva a detenernos sobre qué entendemos cuando nombramos el fantasma. También tenemos que preguntarnos si cualquier sujeto consultante dispone de un fantasma, tal como decanta de la lectura que Lacan produce de la obra de Freud. Posiblemente valga la pena pensarlo así, sin desandar la cuestión del diagnóstico de estructura, pensar a ésta en términos de los efectos que se producen en torno a la constitución o no de una posición en el fantasma.

La fantasía dominante en el campo de la neurosis obsesiva es la de la escena primaria, la construcción de un lugar, un envoltorio, un encapsulamiento, que permite sostener al deseo en su recorrido de imposibilidad, tomar al deseo como lugar de recupero de goce, como atributo de otros. Algo así como siempre “llegando tarde” a la escena donde estaba el verdadero disfrute. Es cierto que uno localiza dominantemente estas formas clínicas del fantasma en la neurosis obsesiva.

En la histeria lo dominante parece ser el fantasma de seducción. No solamente en términos de la seducción y el abandono, que sería el matiz más traumático de la fantasía de seducción, porque quedaría la posición de abandono como abandono del otro, sino que el sujeto histérico suele encontrar un modo de poner en movimiento esto, de forma tal de sustraerse, de proponerse como objeto al otro, rescatando cierto recupero de goce en la sustracción. Tanto la fantasía de escena primaria como la de seducción, son dominantes en las neurosis clásicas, lo cual no quiere decir que no vengan combinadas y afectadas por otros parámetros fantasmáticos que no necesariamente tienen esta misma precisión clínica.

La fantasía de castración correspondería al campo de la fobia, un campo impreciso. Al punto de que Lacan se ve forzado a plantearlo como una plaqueta giratoria. Podríamos decir que hay sujetos fóbicos que sostienen esta posición en relación a la angustia de castración de forma tal que su fantasma dominante es el que conlleva cierta insuficiencia en relación al otro y a la posibilidad de la pérdida en la tramitación de esto. Sobre todo una angustia desbordante que podría en evidencia la dificultad del pasaje por la barra de la castración.

Pensando que el fantasma viene fuertemente marcado por la diacronía de constitución. Cuando solemos hablar del fantasma la referencia que hacemos se relaciona con estas fantasías primordiales y al recurso que tiene el sujeto como una respuesta particular en relación al potencial goce del otro. Podríamos decir el deseo del otro, pero el deseo como presentificador de un goce posible del otro. Si esa es la respuesta que el sujeto logra producir, es importante tener en cuenta la posición fantasmática porque implica también un recurso.

El fantasma en la neurosis

El fantasma, en la neurosis, explica qué me quiere el Otro en términos que incluyen la significación fálica traspolada al registro oral, escópico, etc. ¿Qué me quiere el Otro?, me quiere una asquerosa rata hinchada, que es el equivalente del falo –esa es la respuesta fantasmática que da el Hombre de las Ratas – (Es curioso que en el fantasma lo asqueroso, lo espantoso, etc. puedan equivaler a lo maravilloso, al falo que requiere el Otro. pero es así).

Para Dora el falo es la lengua, o algo que entra en relación con la boca. Y entendía todo lo relativo al deseo y al goce – es decir, lo importante en la vida – en esos términos, como lo testimonia el historial.

El fantasma es lo que da el marco a nuestra realidad, nuestra realidad psíquica, que solemos tomar por lo real. ¿Qué sucede cuando algo no entra cómodamente dentro de la matriz de nuestro fantasma? En la medida de nuestra neurosis, lo descartamos como ‘raro’ o como ‘loco’.

Por eso el psicoanálisis para constituir una clínica nueva de la psicosis, introduce la necesidad ética de no considerar que lo que a mi se me impone como ‘la’ realidad necesariamente sea la realidad del otro, en particular la del psicótico.

Es en ese sentido que el analista, aunque no actúe estrictamente como tal, está mejor preparado que nadie para atenderlo, en la medida que para acceder a la posición de analista ha debido, en su propio análisis, atravesar su fantasma, ya sabe que el sentido común no conduce a lo real, que el sentido común engaña, que quien se ata al sentido común permanece en la realidad de los fantasmas compartidos, los más comunes, los más banales, los más estériles. Para escuchar a alguien, que como el psicótico, testimonia de su relación con lo real más allá de toda realidad, es necesario extraerse del fantasma, abandonar toda creencia y toda esperanza. Esa el la ventaja del analista. Por haber concluido su análisis no se horroriza por salir del infierno de la realidad cotidiana de la que los otros hacen su confort, confort culpable, y siempre un poco deteriorado por el malestar de la civilización.

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