Las perversiones siempre han tenido mala prensa. Contrariamente a las apariencias y a los lugares comunes, la cuestión de las perversiones, es en primer lugar doblemente compleja. Los comentarios poco afortunados y las tergiversaciones de las que suelen ser objeto en los medios de comunicación traducen el desconocimiento fundamental que reina en este dominio. Por un lado, la perversión es constantemente asociada a una idea de manipulación estratégicamente desplegada por el perverso, con la finalidad de dañar. Por el otro, la perversión está casi siempre relegada al rango de los avatares de la “perversidad”. Tanto en un caso como en el otro, el énfasis recae sobre la dimensión de la transgresión de las normas establecidas.
Las perversiones no pueden ser referidas a connotaciones tan mezquinas. Las actuaciones perversas no obedecen, prioritariamente, a la prosecución de objetivos deliberadamente perniciosos. A tal punto que, si se pueden identificar algunas conductas estratégicas en el curso del proceso perverso, estas estrategias se ejercen mucho menos con la finalidad de dañar que con la finalidad de gozar. Es justamente este goce el que ejerce indiscutiblemente en el otro un polo de atracción que, a la vez, seduce y fascina pero vuelve tan a menudo las perversiones inadmisibles. De hecho, ese goce no puede ser adquirido más que al precio de la transgresión.
El perverso tiene la audacia de actuar a la luz del día aquello que atormenta secretamente a todos sin autorizarse jamás a darle cumplimiento. Por otra parte, allí se sitúa una línea divisoria radical entre la estructura de los perversos y la de los neuróticos, es decir la diferencia que existe entre un acto auténticamente perverso y la construcción de un fantasma. El perverso es sucesivamente estratega, prestidigitador, jugador y director teatral de pases mágicos hipnotizantes que nos suelen dejar atónitos, aunque sea por un instante. De hecho, ese poder de seducción encuentra infaltablemente su punto de detención lógica.
En el súmmum de su escenificación, el perverso descubre, en efecto, con horror y angustia, el límite de su propio montaje imaginario. Fracasa allí donde su goce lo lleva a creer lo contrario, es decir en el momento fecundo en que se imagina por fin que domina lo que le excita, y en el que se ilusiona sobre el hecho de que va a conseguirlo embaucando a su partenaire. El lugar de su fracaso es siempre el mismo: aquel en el que resulta derrotado su enceguecimiento en la renegación de la castración, con la implicaciones que ello supone respecto de la diferencia entre los sexos.
En este sentido, el libreto perverso es más una parodia trágica que un exutorio real para la posibilidad de un goce ilimitado. Por esta razón, el perverso es en primerísimo lugar víctima de su propio montaje. Es su juguete en el sentido de las determinaciones psíquicas que lo condenan al mismo.
Las perversiones nos remiten a la lógica singular de una organización psíquica, es decir a una estructura. Ello recusa la idea de que las desviaciones perversas sean maquiavélicas. Por añadidura, esta estructura atestigua mucho más la captura de un sujeto que lo que predica a favor de su liberación.
Más allá de su inextinguible “voluntad de goce” (Lacan), el perverso es prisionero de una economía deseante imposible, al menos, por la elección de las vías de cumplimiento capaces de ponerla en acto. El compromiso que lo anima lo conduce siempre a la misma tentativa de demostración: intentar probar la existencia de un más allá de la diferencia de los sexos. Así, el perverso se agota en el intento de dar esta prueba, para descubrir continuamente que él mismo se ha quedado en un más acá: todo el goce del perverso está orquestado con arreglo a esta apuesta.
Cuando Lacan aborda escribe Kant con Sade deja claro que en Sade hay casi una obligación por el goce. Sade quiere gozar, y prohibe que nada, ni siquiera lo humano, obstaculice su goce. Nuestro deber –de esencia kantiana, destaca Lacan – es dejar vía libre para que se cumpla la Ley. Sade, desde este punto de vista, es víctima de su goce. Algo que Lacan encuentra como ausente de contradicción: “El rigor de su pensamiento pasa a la lógica de su vida”, escribió Lacan.
Por otra parte, lo que pone en evidencia toda la teoría de Sade es que de ninguna manera en la perversión se trata del cuerpo del otro como un cuerpo entero, no se goza del cuerpo del otro como cuerpo entero, se goza de una parte del cuerpo del otro, de allí la cuestión de parcialidad de la pulsión. ¿Quién goza?
Esta no es la pregunta que se hace el perverso, porque el perverso no se hace preguntas, demuestra. Lo que el perverso quiere demostrar es que el goce es del Otro y para eso el sujeto se hace objeto del goce del otro, o mejor dicho, instrumento del goce del Otro.
Octubre 1, 2007 a las 5:14 pm |
COMO DESCUBRIR LAS PERVERSIONES QUE TIENE CADA UNO INTERIORMENTE………COMO DESCUBRIR EN LOS DISCURSOS DE LOS DEMAS SUS PERVERSIONES………………