Lo Real – I

Septiembre 14, 2007 by rk

La relación de la repetición con lo real puede verse en la transferencia psicoanalítica, esa emergencia de los deseos inconscientes que se produce en el encuentro analítico cuando el paciente proyecta sobre el analista sus relaciones pasadas con sus otros significativos: “Lo que se repite, es siempre algo que se produce… como al azar”. Lacan habla aquí de un «encuentro fallido», Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

En el discurso académico, lo real es a menudo confundido con la «realidad» – el mundo fáctico, concreto -; pero lo «real» es el fundamento del cual la realidad y sus objetos son seleccionados por ensayo y error por los seres humanos. Es así como Lacan distingue lo que existe (la realidad cotidiana de los objetos familiares) de lo que ex-siste, «lo que está por fuera», el fundamento el cual esas cosas son seleccionadas).
Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

La relación de la repetición con lo real puede verse en la transferencia psicoanalítica, esa emergencia de los deseos inconscientes que se produce en el encuentro analítico cuando el paciente proyecta sobre el analista sus relaciones pasadas con sus otros significativos: “Lo que se repite, es siempre algo que se produce… como al azar”. Lacan habla aquí de un «encuentro fallido», Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

La relación de la repetición con lo real puede verse en la transferencia psicoanalítica, esa emergencia de los deseos inconscientes que se produce en el encuentro analítico cuando el paciente proyecta sobre el analista sus relaciones pasadas con sus otros significativos: “Lo que se repite, es siempre algo que se produce… como al azar”. Lacan habla aquí de un «encuentro fallido», Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

En el discurso académico, lo real es a menudo confundido con la «realidad» – el mundo fáctico, concreto -; pero lo «real» es el fundamento del cual la realidad y sus objetos son seleccionados por ensayo y error por los seres humanos. Es así como Lacan distingue lo que existe (la realidad cotidiana de los objetos familiares) de lo que ex-siste, «lo que está por fuera», el fundamento el cual esas cosas son seleccionadas).
Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Lo Real es a la vez la maldición y la gloria de cualquier sistema, pues implica la posibilidad tanto de mantener esos sistemas en su lugar como de cambiarlos. Hasta aquí la filosofía y el psicoanálisis coincidirían. En el discurso académico, lo real es a menudo confundido con la «realidad» – el mundo fáctico, concreto -; pero lo «real» es el fundamento del cual la realidad y sus objetos son seleccionados por ensayo y error por los seres humanos. Es así como Lacan distingue lo que existe (la realidad cotidiana de los objetos familiares) de lo que ex-siste, «lo que está por fuera», el fundamento el cual esas cosas son seleccionadas).

Para el filósofo, a partir el presocrático Heráclito, lo real es un continuum, el río que no es idéntico a sí mismo y que por lo tanto nunca puede ser atravesado dos veces. Para el psicoanalista, la relación de la repetición con lo real implica la invasión de la conciencia por parte del inconsciente.

La relación de la repetición con lo real puede verse en la transferencia psicoanalítica, esa emergencia de los deseos inconscientes que se produce en el encuentro analítico cuando el paciente proyecta sobre el analista sus relaciones pasadas con sus otros significativos: “Lo que se repite, es siempre algo que se produce… como al azar”. Lacan habla aquí de un «encuentro fallido», un término que articula, por un lado, el ser subyacente de la experiencia (el «encuentro») y, por el otro, el hecho de que él no es comprendido, no es reconocido. Y no lo es porque es irrepresentable, inasimilable, y sin embargo es precisamente eso lo que causa la repetición. La tarea del análisis es descubrir cómo lo real queda atrapado en las repeticiones mecánicas, orientadas a satisfacer las expectativas del Otro.

Lo real es solamente experimentado, nunca completamente conceptualizado; es aquello a lo que se aplican las palabras, los conceptos, los perceptos. Por lo tanto, cualquier separación producida por lo simbólico, especialmente en los primeros momentos de vida, implicará para el infans una experiencia caótica y lo conmocionará. «Fallar» el encuentro es no lograr aprehender la experiencia bruta. Lo simbólico actúa sobre lo real por medio de la repetición, pero nunca se convierte en él. La realidad cotidiana aguarda su construcción a partir de lo real; sin embargo, la construcción no es algo que pueda alterarse completamente según el capricho del sujeto, pero puede ser abordado mediante una intervención seria. Cada uso de una palabra en el lenguaje es una repetición que espera capturar una parte de lo real en un esfuerzo por establecer una identidad, tal el principio de trabajo de lo simbólico.

Fantasma y deseo II

Agosto 31, 2007 by rk


Lic. Rosa Aksenchuk – Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Universidad de Buenos Aires.
Editora Asociada de la Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net. Directora de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales © 2007. Buenos Aires http://www.psikeba.com.ar/.

Coordinadora de Arès Atención Psicológica: http://www.arespsi.com.ar


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“Fantasías histéricas y bisexualidad” es un texto fundamental para el psicoanálisis y para su clínica. El desarrollo que hace Freud deja presente la posibilidad a Lacan de armar la fórmula del fantasma, al suponer en tiempos de la primera infancia una situación de onanismo infantil, que le permite pensar como se dan los movimientos iniciales de la construcción de la fantasía.

Freud hace allí una conexión que es muy llamativa; enlaza una acción autoerótica con una representación-deseo que viene del campo edípico. Lo que Freud observa es que se produce una soldadura entre una forma de goce, un juego asociativo en ciernes, a producirse. Un ensamble entre dos texturas sumamente heterogéneas. No es lo mismo que una asociación siga un curso en una tramitación representacional, que algo que enlace un campo de representación donde podríamos ubicar al sujeto en su barramiento, con un campo de alternativas de goce, en relación al cual nos podríamos autorizar, con cierta cautela, a ir colocando el objeto a.

Freud produce una soldadura de elementos heterogéneos, entre el goce y el campo del deseo, que operando como fantasía, y que bajo el efecto de la represión primaria, conserva su eficacia. Algo así como si Freud hiciese un señalamiento fuerte respecto del peso estructurante de esas operaciones, de las cuales el fantasma puede ser su correlato. Uno podría decir que el correlato del tránsito edípico es el Superyo, más o menos rígido de acuerdo a las declaraciones de sexo, pero posiblemente el fantasma y las formas fantasmáticas estén fuertemente ajustadas también a eso, y también a lo que nombramos como declaraciones de sexo. Es evidente que hay una dominancia del fantasma de la escena primaria en la neurosis obsesiva y por ende en la posición viril y la seducción en relación a la histeria y lo femenino.

Freud encuentra que esta fantasía inconsciente opera en las condiciones de la vida amorosa de cada quien. En las condiciones que despiertan la erotización fantasmática como prolegómeno o condición del acto sexual. La idea de Lacan de “no hay relación sexual” refiere también a la dificultad de tomar con cierta liviandad términos como lo “interpersonal”, cuando se trata de un punto de encuentro-desencuentro de posiciones fantasmáticas. Una referencia clínica que muy patente es la de un sujeto que llega a su sesión asombrado de los dichos de su partenaire sexual circunstancial, quien lo insultaba como si él la estuviera maltratando, violentando contra su voluntad. Cuando la posición de él era más bien la de alguien protector, “acogedor”. Se encontraba con que el fantasma del otro, de la otra en el caso, jugaba por otras coordenadas fantamáticas.

Uno de los destinos de mayor implicancia de los fantasmas fundamentales es operar como condición de la vida amorosa.

La alternativa para Freud está planteada también en la perspectiva sublimatoria como campo de la pulsión, no como campo de los ideales. Este no es el tema, pero vale señalarlo.

En el sustrato del fantasma, de las fantasías inconscientes está operando la pulsión parcial, por eso cuando Freud se sitúa allí habla de la impronta de la operatoria de la parcialidad pulsional (sadomasoquismo, voyeurismo-exhibicionismo).

Entonces, fantasma como condición de la vida amorosa, sublimación como destino pulsional y también el síntoma, como satisfacción sexual sustitutiva. Es como si Freud plantease los destinos de la posición fantasmática se plasmaran en formas alternativas de goce, entre las cuales está incluido el goce del síntoma que expresamente Freud lo plantea como una satisfacción sexual sustitutiva. Esa satisfacción sexual sustitutiva es accesible en el análisis y por ende dialectizable, remisible, atravesable, cuando se produce el movimiento de producción del saber inconsciente hacia la construcción y travesía del fantasma.

El fantasma se hace presente como un montaje, como una pantomima, como una escenificación.

Freud atribuye a la neurosis la otra escena en tanto fantasmática, en el lugar de lo que el campo de la perversión se positiviza como voluntad de goce. Cuando se avanza en la producción de las coordenadas del fantasma en un análisis, se va delineando cierta fraseología que permite una decantación de la primera escenificación, cierta axiomática de esas posiciones fantasmáticas. No creo que se trate de una frase única. En algunos lugares se suele hablar de “la frase del fantasma”, como si una frase única englobase la totalización de lo que ahí se está produciendo. Es evidente que la axiomática fundamental del fantasma, hace de borde y, por ende, le da condición de existencia a lo real de un traumatismo que no cesa de no inscribirse y que como tal es una cuestión eje para el psicoanálisis.

Si nos detenemos a explorar el concepto fantasma, se nos plantea una dificultad. Por un lado, connota cierta fijeza, cierta repetición de lugares que implican un no desprendimiento de formas de goce. La fijeza del fantasma, sin embargo, se sostiene de cierta seriación de fases del fantasmas, si no le tenemos miedo a poner diacronía en una dimensión estructural que sostiene su juego operatorio.

La referencia del fin de análisis como lo tematizó Winnicott, en relación al carácter maníaco-depresivo de algunas de sus alternativas de resolución analítica; lo que con dificultad denominamos como psicosis maníaco-depresiva mostraría, en su exacerbación, fases que están en correspondencia con el movimiento del fantasma casi de cualquiera. Es cierto que hay frases que se estabilizan como tales, pero que ocultan un juego operatorio donde la temporalidad es mucho más compleja de la que parece estabilizar la frase manifiesta. . Si tomamos “pegan a un niño”, una frase enigmática, respecto de deparar un goce a alguien. Los analistas tenemos la oportunidad de escuchar frases que no son estrictamente esa, pero sí frases que denotan el goce de un castigo proferido a un lugar tercero y ejecutado por alguien que no está en principio referido al otro paterno. La dimensión gozosa en tanto goce del castigo, de la paliza, la deduce Freud de la construcción de la frase intermedia, inconsciente: “yo soy pegado por mi/el padre. La frase del fantasma manifiesto es “pegan a un niño” o “un niño es siendo pegado” para expresarla con el movimiento y la actualidad con que se presenta. La asociación conduce sin grandes tropiezos a la rivalidad edípica: “el padre pega a un niño odiado por mi”. Y la frase inconsciente, que se deduce por construcción en análisis: “soy pegado por mi padre”. Mostraría por un lado como esa fraseología se deduce del tránsito por el Edipo y Castración y como es consecuencia de las operaciones que allí se dan. Mostrarían un punto de sometimiento al castigo paterno y también ciertas vías de solución.
Cuando se localiza la relación al padre, como padre castigador del sujeto en posición de objeto, como pronombre ya enunciable, pueden emerger trayectos asociativos donde lo que aparece es otro tiempo del fantasma más ligado al asesinato de padre.

Podríamos decir que el fantasma repite en operaciones la metáfora paterna.

Vacilación fantasmática

Estas secuencias del fantasma tienen su inflexión en relación a un punto de imposibilidad que solemos nombrar como vacilaciones del fantasma, colapsos del fantasma, de “encuentros con lo real”.

El fantasma, por más de que sea sufrido, o de flagelación, resuelve la angustia que produciría la radicalidad de un vacío absoluto, un efecto de derilección, de desubjetivación.

Las vacilaciones del fantasma en análisis son las que permiten un movimiento hacia su travesía, su construcción, su decantación y al aligeramiento de las formas de goce sintomáticas que a él se anudan.

Hago esta primera salvedad de que no podríamos afirmar que haya posición fantasmática en cualquier consultante, haciendo también la salvedad de que no solamente por estar contemplando la posibilidad de que la operación dominante sea preclusiva o forclusiva, sino también porque, y esto es una cuestión que se trabajará en el segundo cuatrimestre de este seminario, la clínica nos confronta con la insuficiente de la repartición psicosis y neurosis. Posiblemente y apuntando a la posición fantasmática, encontremos en las detenciones de los movimientos que son condición para que el fantasma neurótico se constituya, una forma de localizar lo que ahí se pone en juego.
Me parece que la forma en que algunos psicoanalistas pensamos la cuestión de las nombradas estructuras de borde -que intentan resolver una designación insuficiente como la de borderline o alguna categoría que aluda al punto intermedio en forma imprecisa- requieren de desarrollos implicados en otras estructuraciones clínicas, pero toman las dificultades en cuanto a la conclusividad de los movimientos identificatorios que son condición para que el fantasma sea la respuesta que el sujeto puede producir frente al goce del otro.

Sabemos que al lugar de una insuficiencia fantasmática, puede venir una actuación, una impulsión, o algunas designaciones con las cuales tramitamos esa emergencia de un goce no procesable, vía las dialectizaciones que el fantasma, aún con su tono penoso permite. Este es un campo abierto a la polémica. Hay analistas que sostienen que valdría la pena hablar de una cuarta estructura; que las estructuras de borde tienen que ver con lo no conclusivo del campo indentificatorio, de la identificación imaginaria al otro real. Es una posición que requiere ser más explicitada.

Pero es evidente que cuando no tenemos una convicción diagnóstica -siempre es aproximativa- estamos muy atentos a lo que el sujeto tiene como instrumento, cuáles son sus estrategias, qué es lo que puede producir, como lo despliega en transferencia y cuáles serían las formas para que eso que está haciendo signo o actuando sin llegar a interrogar pueda encontrar su puesta en movimiento.

Plantear el diagnóstico en términos de la posición fantasmática, nos lleva a detenernos sobre qué entendemos cuando nombramos el fantasma. También tenemos que preguntarnos si cualquier sujeto consultante dispone de un fantasma, tal como decanta de la lectura que Lacan produce de la obra de Freud. Posiblemente valga la pena pensarlo así, sin desandar la cuestión del diagnóstico de estructura, pensar a ésta en términos de los efectos que se producen en torno a la constitución o no de una posición en el fantasma.

La fantasía dominante en el campo de la neurosis obsesiva es la de la escena primaria, la construcción de un lugar, un envoltorio, un encapsulamiento, que permite sostener al deseo en su recorrido de imposibilidad, tomar al deseo como lugar de recupero de goce, como atributo de otros. Algo así como siempre “llegando tarde” a la escena donde estaba el verdadero disfrute. Es cierto que uno localiza dominantemente estas formas clínicas del fantasma en la neurosis obsesiva.

En la histeria lo dominante parece ser el fantasma de seducción. No solamente en términos de la seducción y el abandono, que sería el matiz más traumático de la fantasía de seducción, porque quedaría la posición de abandono como abandono del otro, sino que el sujeto histérico suele encontrar un modo de poner en movimiento esto, de forma tal de sustraerse, de proponerse como objeto al otro, rescatando cierto recupero de goce en la sustracción. Tanto la fantasía de escena primaria como la de seducción, son dominantes en las neurosis clásicas, lo cual no quiere decir que no vengan combinadas y afectadas por otros parámetros fantasmáticos que no necesariamente tienen esta misma precisión clínica.

La fantasía de castración correspondería al campo de la fobia, un campo impreciso. Al punto de que Lacan se ve forzado a plantearlo como una plaqueta giratoria. Podríamos decir que hay sujetos fóbicos que sostienen esta posición en relación a la angustia de castración de forma tal que su fantasma dominante es el que conlleva cierta insuficiencia en relación al otro y a la posibilidad de la pérdida en la tramitación de esto. Sobre todo una angustia desbordante que podría en evidencia la dificultad del pasaje por la barra de la castración.

Pensando que el fantasma viene fuertemente marcado por la diacronía de constitución. Cuando solemos hablar del fantasma la referencia que hacemos se relaciona con estas fantasías primordiales y al recurso que tiene el sujeto como una respuesta particular en relación al potencial goce del otro. Podríamos decir el deseo del otro, pero el deseo como presentificador de un goce posible del otro. Si esa es la respuesta que el sujeto logra producir, es importante tener en cuenta la posición fantasmática porque implica también un recurso.

El fantasma en la neurosis

El fantasma, en la neurosis, explica qué me quiere el Otro en términos que incluyen la significación fálica traspolada al registro oral, escópico, etc. ¿Qué me quiere el Otro?, me quiere una asquerosa rata hinchada, que es el equivalente del falo –esa es la respuesta fantasmática que da el Hombre de las Ratas – (Es curioso que en el fantasma lo asqueroso, lo espantoso, etc. puedan equivaler a lo maravilloso, al falo que requiere el Otro. pero es así).

Para Dora el falo es la lengua, o algo que entra en relación con la boca. Y entendía todo lo relativo al deseo y al goce – es decir, lo importante en la vida – en esos términos, como lo testimonia el historial.

El fantasma es lo que da el marco a nuestra realidad, nuestra realidad psíquica, que solemos tomar por lo real. ¿Qué sucede cuando algo no entra cómodamente dentro de la matriz de nuestro fantasma? En la medida de nuestra neurosis, lo descartamos como ‘raro’ o como ‘loco’.

Por eso el psicoanálisis para constituir una clínica nueva de la psicosis, introduce la necesidad ética de no considerar que lo que a mi se me impone como ‘la’ realidad necesariamente sea la realidad del otro, en particular la del psicótico.

Es en ese sentido que el analista, aunque no actúe estrictamente como tal, está mejor preparado que nadie para atenderlo, en la medida que para acceder a la posición de analista ha debido, en su propio análisis, atravesar su fantasma, ya sabe que el sentido común no conduce a lo real, que el sentido común engaña, que quien se ata al sentido común permanece en la realidad de los fantasmas compartidos, los más comunes, los más banales, los más estériles. Para escuchar a alguien, que como el psicótico, testimonia de su relación con lo real más allá de toda realidad, es necesario extraerse del fantasma, abandonar toda creencia y toda esperanza. Esa el la ventaja del analista. Por haber concluido su análisis no se horroriza por salir del infierno de la realidad cotidiana de la que los otros hacen su confort, confort culpable, y siempre un poco deteriorado por el malestar de la civilización.

Fantasma y deseo I

Agosto 24, 2007 by rk


Lic. Rosa Aksenchuk – Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Universidad de Buenos Aires.
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El fantasma sostiene el deseo. es esta una proposición simple y de aceptación generalizada. A su vez, el deseo es búsqueda de goce, de ser, de plenitud. Así como el deseo es falta en ser, el goce sería el ser.

Es muy conocida también la pareja entre la histérica y el obsesivo, ella más o menos quejosa y él más o menos compensado. ¿Por qué ésta es la pareja habitual? No alcanza con responder que estadísticamente las mujeres suelen quedar del lado histérico y los hombres del lado obsesivo, porque, aunque sea cierto en general, no lo es siempre; y porque tampoco cualquier histérica forma pareja con cualquier obsesivo.

Una pareja se forma por engarce fantasmático. Esto es una zona donde la secuencia fantasmática inconsciente de uno de los partenaires “cabalga” sobre la secuencia fantasmática del otro. Este encaje incluye quejas y lamentos concientes. Freud evoca el mito de Aristófanes de los seres dobles, condenados por los dioses a buscar su mitad perdida, su media naranja. Él aborda las cosas por el lado del narcisismo, punto de vista correcto si es que uno advierte que el narcisismo, la imagen completa, vela el objeto del fantasma.

Digresión: Si hay una demanda persistente y desmesurada en la clínica, si hay una demanda frenética en su irreductible ceguera, ésa es justamente la de “ser de Verdad”; una mujer o un hombre. O de que le sea donado algún objeto empírico, el cual le restituiría un ser verdadero que le es hurtado o negado. Porque ¿qué es lo que contiene de erróneo, en el sentido de neurotizante, de enfermante, el mito de Aristófanes? Que los seres se pasan la vida pretendiendo una restitución narcisista, esto es, empírica, a fin de resolver una pérdida que no es real, en el sentido de algo que podría restituirse, sino que es “fundamental”, en el sentido de que esa pérdida está en la constitución misma de lo subjetivo.

La fórmula del fantasma puede leerse:

$ ◊ a

“Sujeto deseo de a”, y evoca la división del sujeto por un objeto que le es profundamente íntimo y extraño a la vez. Para concebir una relación así, de exterioridad interior, Lacan acuñó el vocablo extimidad.

Existen varias maneras simples de advertir en la vida diaria el engarce fantasmático. Una de ella es cuando dos personas se conocen y se enamoran súbitamente. Suelen exclamar, aun cuando se hayan visto sólo una o dos veces: “Es como si la (lo) conociera desde siempre.”

Y no les falta razón, porque lo que conocen desde siempre aunque bajo la forma del desconocimiento, es el modo en que su fantasma organiza cada una de sus realidades. Este desconocimiento ocurre bajo presión de un enérgico: “¡No quiero saberlo!”. Se conoce algo de eso en la repetición.

Tres años después de la interrupción de su análisis, un joven decide retomarlo. El motivo inicial de consulta había sido un proceso de separación: oscilaba entre dos mujeres. Finalmente se decide por una de ellas e interrumpe.

Cuando regresa se halla muy angustiado. Según él relata su situación vital, ha comenzado a percatarse de que, una vez que parece estabilizar “su pareja”, “algo” lo impulsa a socavar la relación. Pronto encuentra otra, se va con la nueva y comienza otra vez el ciclo. Pero lo que lo tiene azorado es que los plazos se van acortando. La primera vez el tour le llevó cinco años, en ocasión de su primera consulta, la segunda empleó dos años, la tercera seis meses y ésta, que era la cuarta… sólo quince días.
A través de esta aceleración él estaba evacuando todos los detalles accesorios y poniendo en acto lo más nuclear de su posición fantasmática respecto de las damas. Parecía una de esas obras teatrales donde los actores poco importan: es suficiente con que la obra se ponga en escena cada vez más reducida.

El texto de Shakespeare nos brinda la imagen de una Desdémona irreprochable, hasta exagerada en su pureza. Pero esta exageración nos permite preguntar a nuestra vez… ¿qué cosa torna verosímil para Otelo esa absurda red de intriga que Yago vierte en su oreja?: El goce. Otelo goza creyendo que ella se comporta como “una vulgar prostituta”. Goza de su propio veneno. He aquí un buen ejemplo de encastre fantasmático. Porque Desdémona preferiría la muerte en lugar de despertar de su sueño fantasmático.

Los tiempos en la dirección de la cura

Agosto 14, 2007 by rk


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La dirección de la cura implica también una lógica de los tiempos. Cuando el paciente no hizo un recorrido suficiente en relación al Otro primordial, avanzar en la revisión de la père-versión (ir más allá del padre) de la cual puede el sujeto, como en muchos casos quejarse en primera instancia, es sin embargo, conducirlos a que queden atenazados en una posición de angustia y depresión extrema, en la medida que este tiempo de intervención desconoce el valor también propiciatorio, paradójico, de esa père-versión. No olvidemos que permite que el sujeto quede separado, protegido del goce del Otro primordial.

 

Por lo tanto, en un primer momento, las intervenciones deberían permitir situar en primera línea las referencias al saber materno, al goce incestuoso. Cuando esa relación puede desplegarse en el análisis, el segundo tiempo puede entonces ser abordado.

 

Esto es solidario con lo que dice Lacan acerca de la cuestión de Ir más allá del padre, es ir más allá de las fijezas, de la identificación con los rasgos del padre. Para que un sujeto pueda prescindir del padre, primero tiene que haberse analizado bastante tiempo, haber interrogado mucho al Otro materno. Se puede prescindir a condición de haberse servido de él, pero para haberse servido del padre es necesario haberlo tenido en el análisis, sea el padre bueno o malo, poco o mucho, operante – no operante, el padre laissezfaire de Dora o el padre tímido o cómplice del pequeño Hans.

 

El corte abrupto con el padre puede conducir a  melancolizaciones o impulsiones, pasajes al acto, etc. Por ello, también, ante un fuerte impacto de lo real, como aquellos pacientes que acuden a su primera consulta con un grado de angustia muy marcado, pacientes muy caídos de Otro o que en su relato se decanta que el Gran Otro no lo sostuvo o sostiene demasiado, u aquellos pacientes que se presentan relatando algún pasaje al acto; habrá que restaurar un cierto orden imaginario que facilite entrar en análisis, y no obstinarse en analizar. Habrá que pensar en ciertas maniobras que rehagan un cierto contexto imaginario que facilite el inicio de la tarea.

 

Ya decía Freud que cuando hay mucha angustia no se puede analizar. Cuando predomina lo real, hay que buscar cómo modular la angustia. Para eso, a veces resulta útil restituir ciertos parámetros imaginarios, para que lo simbólico encuentre condiciones apropiadas para poder operar.

Entrevistas Preliminares I. La insolencia socrática

Julio 28, 2007 by rk


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Lic. Rosa Aksenchuk – Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Universidad de Buenos Aires.
Editora Asociada de la Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net. Directora de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales © 2007. Buenos Aires http://www.psikeba.com.ar/.

Coordinadora de Arès Atención Psicológica: http://www.arespsi.com.ar

Desde la llamada de alguien a un analista, éste interviene; es lo que denominamos entrevistas preliminares a un análisis.

¿Cuál sería la función de la entrevista preliminar?

Un breve ejemplo de la historia puede ilustrarlo:

Se encuentran por la calle Sócrates (filósofo) y Alcibíades (general). Sócrates le dice a Alcibíades:
- Hola Alcibíades ¿Cómo te va? Veo que portas sobre tu frente una medalla más. Alcibíades hace un gesto de falsa modestia. Dice, mirando para abajo:
- Bueno, sí, gané la última batalla.
- Ah! Qué bien, Alcibíades, qué bien! Qué gran general eres, te felicito.
- No es para tanto, dice Alcibíades, quién en realidad quería más elogios. Sócrates lo deja que se regodee un ratito. Luego le pregunta:
- Dime Alcibíades, hace un mes que no nos vemos. Además de la obtención de esta medalla, en este tiempo ¿hiciste algo por ti? Alcibíades responde:
- Otra vez me llenas de rubor y de vergüenza, Sócrates. (*)

 

Las entrevistas sirven para que el analista ejercite la insolencia socrática, la que sitúa al sujeto ante sus preguntas, aquellas que podrían, si él lo quiere, hacerlo avanzar más allá de sus tropiezos. Este puede ser el primer tiempo lógico del análisis.

Se trabaja en el campo que se interpone entre lo Imaginario y lo Simbólico, donde domina el sentido.

 

Es el tiempo de conmoverle al sujeto los sentidos a los que está habituado. Para eso, con frecuencia, el analista apenas precisa un subrayado, una leve puntuación, repite lo mismo con un signo de interrogación. Es otro modo de decir: – Siga hablando. Pero también: -Siga hablando, lo que Ud dijo tal vez no sea suficiente.

 

(*) Isidoro Vegh, Las intervenciones del analista

La teatralidad del amor cortés; el partenaire inhumano

Julio 12, 2007 by rk

Por qué hablar de amor cortés en una era de permisividad en la cual el encuentro sexual es a menudo nada más que un “trámite” en un oscuro rincón de la oficina? La impresión de que el amor cortés constituye hoy día un anacronismo ampliamente suplantado por los hábitos modernos no nos permite ver que su lógica sigue definiendo los parámetros dentro de los cuales los dos sexos se relacionan entre sí. Esta perseverancia de la matriz del amor cortés da prueba de cierto callejón sin salida en el feminismo contemporáneo, que oponiéndose a la “dominación patriarcal”, socava simultáneamente el soporte fantasmático de su propia identidad “femenina”. Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Por qué hablar de amor cortés en una era de permisividad en la cual el encuentro sexual es a menudo nada más que un “trámite” en un oscuro rincón de la oficina? La impresión de que el amor cortés constituye hoy día un anacronismo ampliamente suplantado por los hábitos modernos no nos permite ver que su lógica sigue definiendo los parámetros dentro de los cuales los dos sexos se relacionan entre sí. Esta perseverancia de la matriz del amor cortés da prueba de cierto callejón sin salida en el feminismo contemporáneo, que oponiéndose a la “dominación patriarcal”, socava simultáneamente el soporte fantasmático de su propia identidad “femenina”.
Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Por qué hablar de amor cortés en una era de permisividad en la cual el encuentro sexual es a menudo nada más que un “trámite” en un oscuro rincón de la oficina? La impresión de que el amor cortés constituye hoy día un anacronismo ampliamente suplantado por los hábitos modernos no nos permite ver que su lógica sigue definiendo los parámetros dentro de los cuales los dos sexos se relacionan entre sí. Esta perseverancia de la matriz del amor cortés da prueba de cierto callejón sin salida en el feminismo contemporáneo, que oponiéndose a la “dominación patriarcal”, socava simultáneamente el soporte fantasmático de su propia identidad “femenina”. Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Por qué hablar de amor cortés en una era de permisividad en la cual el encuentro sexual es a menudo nada más que un “trámite” en un oscuro rincón de la oficina? La impresión de que el amor cortés constituye hoy día un anacronismo ampliamente suplantado por los hábitos modernos no nos permite ver que su lógica sigue definiendo los parámetros dentro de los cuales los dos sexos se relacionan entre sí. Esta perseverancia de la matriz del amor cortés da prueba de cierto callejón sin salida en el feminismo contemporáneo, que oponiéndose a la “dominación patriarcal”, socava simultáneamente el soporte fantasmático de su propia identidad “femenina”. Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Por qué hablar de amor cortés en una era de permisividad en la cual el encuentro sexual es a menudo nada más que un “trámite” en un oscuro rincón de la oficina? La impresión de que el amor cortés constituye hoy día un anacronismo ampliamente suplantado por los hábitos modernos no nos permite ver que su lógica sigue definiendo los parámetros dentro de los cuales los dos sexos se relacionan entre sí. Esta perseverancia de la matriz del amor cortés da prueba de cierto callejón sin salida en el feminismo contemporáneo, que oponiéndose a la “dominación patriarcal”, socava simultáneamente el soporte fantasmático de su propia identidad “femenina”. Rosa Aksenchuk. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

 

RESUMEN

¿Por qué hablar de amor cortés en una era de permisividad en la cual el encuentro sexual es a menudo nada más que un “trámite” en un oscuro rincón de la oficina? La impresión de que el amor cortés constituye hoy día un anacronismo ampliamente suplantado por los hábitos modernos no nos permite ver que su lógica sigue definiendo los parámetros dentro de los cuales los dos sexos se relacionan entre sí.

Esta perseverancia de la matriz del amor cortés da prueba de cierto callejón sin salida en el feminismo contemporáneo, que oponiéndose a la “dominación patriarcal”, socava simultáneamente el soporte fantasmático de su propia identidad “femenina”.

 

La teatralidad del amor cortés; el partenaire inhumano

En su Seminario La ética.., Lacan introduce una modalidad del amor medieval, el llamado amor cortés [l’amour courtois], aquel que excluiría por estructura el goce sexual. Se trata de un concepto del amor y un estilo de relación amorosa que surge en el sur de Francia en el siglo XII como convención social y literaria.

Sus iniciadores fueron los trovadores cátaros del territorio del Languedoc que abarcaba parte del sur de Francia, pero que influyeron en gran parte de Europa. Poetas y cantantes que habitaban en los palacios, en la corte. Es decir, que con frecuencia se trataba de la elite aristocrática, aunque no exclusivamente.

Los trovadores crearon un nuevo género poético –la poesía cortés escrita en lengua vulgar o romance–[1] así como un nuevo código de amor. El amor cortés fue tanto una creación poética, como un ideal social y un código de amor. La poesía de los trovadores era acompañada por la música; el poeta recurría al artificio de combinar su voz con la música para seducir los oídos de la dama. Sus cantos exaltaban un amor noble y refinado contrapuesto a lo burdo de la copulación y la reproducción. Su ideal era tanto una ascética como una estética. Había tanto la aspiración de ascender espiritualmente al contacto con el objeto amoroso como la idea de hacer una obra de arte de las relaciones amorosas. Los poetas hacían alusión a lo difícil que era acceder al lugar del amor. En cuanto al código de amor, que dio origen al ritual del amor cortés. Acatar las leyes de amor (mesura, servicio, proeza, larga espera, castidad, secreto y gracia) permitía al poeta acceder a la alegría y al verdadero amor.

Con los conceptos de amor purus y amor mixtus, Capellanus sintetiza dos vertientes de amor cortés: El amor puro es el que une a los amantes con toda la fuerza de la pasión; consiste en la contemplación del espíritu y de los sentimientos del corazón; incluye el beso en la boca, el abrazo y el contacto físico [...] con la amante desnuda, con exclusión del placer último, pues éste está prohibido a los que quieren amar puramente. En tanto, el amor mixto, que incluye todos los placeres de la carne y llega al último acto de Venus. [...], es también un amor digno de elogio, aunque por él amenacen muy graves peligros.

En su obra El amor y Occidente” Denis de Rougemont nos dice que el amor cortés nace como una reacción de la caballería contra la anarquía brutal de las costumbres feudales.

En ese entonces los Señores Feudales utilizaban al matrimonio como un negocio- la posibilidad de anexar tierras o heredarlas, apelando para ello a códigos religiosos que les permtieran anular la unión con cualquier pretexto. Ante esta crisis del matrimonio, las altas esferas se montaron en guardia a fin de poner un coto a estos impulsos de modo de resguardar el orden en la sociedad.

La felonía y el adulterio eran cuestionadas por la ley superior. La fidelidad cortés se oponía al matrimonio y a la satisfacción del amor, dejando en suspenso la realización efectiva de aquél. Por otro lado, el amor cortés es refinado, cosa sublime y muestra por contraste la distinción entre corte y villa, en tanto el amor villano es supuestamente cópula y procreación. Surge así una nueva concepción de fidelidad, independiente del matrimonio legal y fundada sólo en el amor. Allí comienza a cobrar brillo este sentimiento, para ser vivido como pasión y hasta como ideal. Fue una erótica que violentó las formas constituidas, especialmente las del matrimonio y las jerarquías sociales. Si bien se condenaba el adulterio que tenía como único fin la lujuria, se lo glorificaba si estaba dirigido por el fin d’amors. [2]

 

Las normas de la caballería, siguiendo la moral bretona, disponen que el caballero ya no es vasallo de su Señor sino de la Dama Elegida. Más tarde el movimiento de las “Preciosas” expresaban la misma tendencia: rechazaban el matrimonio, es decir, el proyecto de hijos o lo retrasaban al máximo. Ponían en primer plano los placeres del espíritu y del corazón, cultivaban el arte del lenguaje, dibujaban un mapa de la ternura.

El amor cortés medieval resulta ejemplar para evidenciar un modo de elusión de la castración, estrategia última de toda conducta virginal. En su seminario Aún, Lacan se refiere al truco que supone en los siguientes términos: Una manera muy refinada de reemplazar la ausencia de relación sexual fingiendo que somos nosotros quienes ponemos un obstáculo en su camino”.

 

De la deificación al partenaire inhumano

Hablar del amor cortés podría hacer sonreir en una época en que la permisividad reina por doquier. Sin embargo, la impresión de que el amor cortés constituye hoy día un anacronismo ampliamente suplantado por los hábitos modernos no nos permite ver que su lógica sigue definiendo los parámetros dentro de los cuales los dos sexos se relacionan entre sí. Esta afirmación, sin embargo, no implica de ningún modo un modelo evolucionista según el cual el amor cortés proporcionaría la matriz elemental a partir de la que generamos sus últimas y más complejas variaciones. Para entender la dinámica libidinal del amor cortés Zizek propone una lectura retrospectiva de la historia, especificamente la emergencia de la pareja masoquista, hacia fines del siglo XIX.

El objeto central de esta figura del amor es sin duda la mujer, la Dama. Los poetas provenzales asimilaron de la España musulmana tanto las formas de su poesía popular como algunas de sus prácticas amorosas,[3] particularmente en lo concerniente a la costumbre de los señores musulmanes de invertir la relación entre el amante y su dama. Los árabes se declaraban servidores y esclavos de sus damas. Los trovadores se reapropian de esta costumbre y llamaron a sus damas Midons (Mi señor).

El primer escollo que debiera evitarse a propósito del amor cortés es la concepción de la Dama como objeto sublime: “en general, se evoca el proceso de espiritualización, el cambio del anhelo sensual cruda al deseo espiritual elevado. La Dama es así percibida como un tipo de guía espiritual en la alta esfera del éxtasis religioso, en el sentido de la Beatriz de Dante.[4] Jacques Lacan enfatiza al respecto una serie de rasgos que contradicen tal espiritualización:

 

 

“La creación de la poesía [cortés] consiste en plantear, según el modo de sublimación propio del arte, un objeto al que designaría como enloquecedor, un partenaire inhumano. Jamás la dama, hablando con propiedad, es calificada por tal o cual de sus virtudes reales y concretes, por su sabiduría, su prudencia, incluso por su pertinencia. Si es calificada como sabia, no es más que en tanto participa de una especie de sabiduría inmaterial, que más representa de lo que ejerce sus funciones. Por el contrario, el carácter esencial es el de ser tan arbitraria en sus exigencias de la prueba que impone a su galán, como sea posible. Es ser esencialmente cruel, como se lo ha llamado más tarde, en el momento de los ecos pueriles de esta ideología. Y como se dirá más tarde, semejante a las tigresas de Hyrcanie.” [5]

 

Se trata de la Dama exigente de los caballeros, o de la Beatrice inalcanzable de Dante, que funciona como el cráneo en anamorfosis, que hace girar la representación y que asume la función de la Cosa.

Otro de los rasgos decisivos que caracterizan al amor cortés es que se trata completamente de una cuestión de cortesía y etiqueta. Es una estricta fórmula ficcional, con un juego social “como si”, donde un hombre finge que su querida es la Dama inaccesible. Y es precisamente este rasgo lo que nos permite establecer un lazo entre el amor cortés y el masoquismo, como forma específica de la perversión articulada por primera vez a mediados del siglo XIX en las obras literarias y en la práctica concreta de Sacher-Masoch.

La teatralidad masoquista del amor cortés


Venus de las pieles

pon el pie sobre tu esclavo,
mítica hembra, dulce diablesa,
tendido tu cuerpo de mármol
entre mirtos y agaves. [15]

 

Gilles Deleuze destaca que los creadores de las nociones de “sadismo” y “masoquismo” alcanzaron rumbos muy disímiles tanto en la clínica como en los estudios literarios. Deleuze parte de lo que considera una injusticia respecto al destino que tuvo la obra de Sacher-Masoch; pues aun los mejores libros sobre masoquismo ignoran la obra literaria de Masoch cosa que no ocurre con Sade, quien se transformó en un referente mayor en ambos campos; mientras que la singularidad de Sacher-Masoch quedó atrapada en una pseudounidad “sadomasoquista” y su compleja producción literaria fue injustamente olvidada.

En su célebre Presentación a Sacher-Masoch, Deleuze critica la ambivalencia freudiana entre el sadismo y el masoquismo. Para Deleuze el masoquismo no debe ser concebido como simple inversión simétrica del sadismo. El sádico y su víctima nunca forman una pareja “sado-masoquista” complementaria. Afirmar, con excesiva rapidez, la unidad sadomasoquista, asegura Deleuze, amenaza ser un síndrome grosero incompatible con las exigencias de una verdadera sintomatología. Deleuze ahonda así en el malentendido: “El contrato aparece como la forma ideal y la condición necesaria de la relación amorosa (…) Del cuerpo a la obra de arte, de la obra de arte a las Ideas, hay toda una ascensión que debe cumplirse a latigazos. Un espíritu dialéctico anima a Masoch (…) En otro sentido, el héroe masoquista parece educado y formado por la mujer autoritaria, pero en lo más profundo es él que la forma y la disfraza, y le sopla las duras palabras que ella le dirige” (…) el contrato, en el masoquismo, deviene objeto de una caricatura que resalta toda su ambigüedad de destino. En efecto, la relación contractual es el prototipo de una relación de cultura artificial, apolínea y viril, opuesta a las relaciones naturales y crónicas que nos unen a la madre y a la mujer. Si la mujer queda implicada en una relación contractual, es más bien en calidad de objeto dentro de una sociedad patriarcal. Sin embargo, he aquí que el contrato masoquista se cierra, por el contrario, con la mujer. Y en su intención paradójica está el hacer de una de las partes el esclavo y de la otra -la mujer- el amo y el verdugo…. Y, paradoja superior, quien concibe esta intención, quien concede este beneficio es la víctima, la parte viril.” [6]

Si bien Deleuze concuerda con Lacan en que el sádico es un perverso en el sentido clásico del père-vers, por otro lado intenta probar que el masoquista no busca someterse al padre sino más bien humillarlo para reconstituirse como sujeto a través de una madre que ha heredado las funciones paternas. Por otra parte, Deleuze disiente con Freud señalando que al centrarse en la figura del padre, Freud soslaya el papel clave que cumple la mujer (la madre) en el masoquismo.

Deleuze no deja de afinar su lectura del contrato masoquista: “El contrato masoquista se establece con una madre devoradora; en tal sentido, el masoquismo constituye una “regresión” a un período anterior de la historia (individual y colectiva) en el que la mujer, de acuerdo a las teorías del matriarcado, cumplía en la sociedad un papel fundamental.” Más adelante agrega: “[...] la aplicación de la ley paterna es devuelta a las manos de la Mujer o la Madre. El masoquista persigue algo específico en esta transferencia: que el placer que la ley le prohíbe le sea dado precisamente por medio de la ley. Porque él degustará a través de la ley el placer que la ley paterna veda, en la medida en que la ley le sea aplicada con máxima severidad por la mujer. [...] Su sumisión total significa que él entrega al padre y a la ley paterna para que se haga escarnio de ambos. [...] La misma ley que me veda realizar un deseo so pena del castigo consecuente es ahora la que pone al castigo en primer plano y me ordena, consecuentemente, satisfacer mi deseo: he aquí una variedad de humor verdaderamente masoquista”.[7]

Deteniéndose en esta lectura deleuziana del contrato masoquista, Zizek señala que Deleuze no llega a desplegar como corresponde y comprender apropiadamente las consecuencias de sus propias elaboraciones, vale decir, la forma en que este contrato -con la mujer a la que el masoquista le entrega su autoridad- socava la autoridad paterna:

Para Zizek, “no se trata de que el masoquista ‘regrese’, simplemente, del nivel paterno al materno; permaneciendo dentro del dominio de lo paterno (contrato), lo que hace es reintroducir a la Mujer como socia en el contrato, pero no para disfrutarla plenamente, sino para burlarse de la autoridad paterna. De esta manera, el masoquista escenifica un cortocircuito siniestro, un monstruoso travestismo de la Ley: al elevar a la mujer a la condición de Amo indiscutido cuyos caprichos el masoquista debe obedecer uno por uno, la convierte en una marioneta controlada de hecho por su esclavo, que es quien fija las reglas del juego: la asimetría explícita del contrato masoquista (la subordinación del hombre a la mujer) descansa en una asimetría opuesta en el nivel de la posición de la enunciación. Por lo tanto, el humor del masoquista no está dirigido únicamente a la figura del padre: se apoya en la incompatibilidad o incongruencia ridícula – y a la vez monstruosa – entre el lugar simbólico del poder simbólico y el elemento que lo ocupa.” [8]

Entre los rasgos evocados por Deleuze para probar la asimetría entre sadismo y masoquismo, es decisiva la oposición de las modalidades de negación. En el sadismo encontramos la negación directa, la destrucción violenta y el tormento, mientras que en el masoquismo, la negación asume la forma de rechazo, es decir, de simulación, de un “como si” que suspende la realidad.

En consecuencia, así como el sadismo sigue la lógica del poder que atormenta a su víctima y encuentra placer en su resistencia inerme; el masoquismo, por el contrario, está hecho a la medida de la víctima: es la víctima (el siervo) quien inicia el contrato con el amo (la mujer), autorizándola a humillarlo de cualquier modo que considere apropiado y comprometiéndolo a actuar “de acuerdo con los caprichos de la Dama soberana”, como afirma Sacher-Masoch. “Es el siervo, pues, el que escribe el guión”, es decir, quien realmente lleva las riendas y dicta la actividad de la mujer, pone en escena su propia servidumbre. Por otra parte el masoquismo, a diferencia del sadismo, es intrínsecamente teatral: la violencia es la mayoría de las veces simulada, e incluso cuando es “real” funciona como componente de una escena, como parte de una representación teatral. Además, la violencia nunca es llevada a cabo hasta su conclusión: siempre permanece suspendida, como la repetición interminable de un gesto interrumpido.”

La Dama, ese obscuro objeto del deseo

 


Cómo puede ser
Dios Mío,
que más la desee cuanto más lejana.[9]

En un examen más minucioso ¿cómo conceptualizar la inaccesibilidad de la Dama-Objeto en el amor cortés? Hay aquí un aspecto paradójico y problemático. Este lugar deificado que se le asigna al Objeto, este ascenso de mujer a la Dama, no se corresponde con la realidad social donde la condición de la mujer es de esclavitud y dependencia del hombre.

Hoy día se admite consensuadamente que la poesía provenzal y las concepciones que ilustra «lejos de explicarse por las condiciones en que nació, parece en contradicción absoluta con sus condiciones». «Es evidente que no refleja en modo alguno la realidad, puesto que la condición de la mujer no fue, en las instituciones feudales del Midi,[10] menos humilde y dependiente que en las del Norte.»[11] Si es hasta tal punto «evidente» que los trovadores no sacaban nada de la realidad social, parece no menos evidente que su concepción del amor venía de otra parte.

Lacan encara esta paradoja del amor cortés, no resuelta por los historiadores, con herramientas de la teoría freudiana, concretamente la referida a la relación de la sublimación con das Ding. El objeto (la Dama) – nos dice – “se introduce por la muy singular puerta de la privación, de la inaccesibilidad; […] No hay posibilidad de cantar a la Dama, en su posición poética, sin el presupuesto de una barrera que la rodea y la aísla.” [12]

Un sustancial error que debiera evitarse al respecto, es el de reducir esta inaccesibilidad a la simple dialéctica del deseo y la prohibición, según la cual se anhela el fruto prohibido precisamente en la medida en que está prohibido, o, para citar la clásica formulación de Freud:

 

 

“Es fácil comprobar que el valor psíquico de la necesidad de amor se hunde tan pronto como se le vuelve holgado satisfacerse. Hace falta un obstáculo para pulsionar a la libido hacia lo alto, y donde las resistencias naturales a la satisfacción no bastaron, los hombres de todos los tiempos interpusieron unas resistencias convencionales al goce del amor. Esto es válido tanto para los individuos como para los pueblos.”[13]

El punto es entonces no simplemente que se establecen obstáculos para realzar el valor del objeto, lo que esos obstáculos ocultan es la imposibilidad intrínseca de alcanzar el objeto. Aquí, das Ding, la Cosa, es cuestión. Lo que Lacan llama en el amor cortés “la vacuola”, el vacío, el lugar que ocupa la mira de la tendencia en la sublimación, es determinante, no es sólo una función espacial, sino también simbólica.

La ausencia absoluta de toda satisfacción sexual, la suspensión del goce fálico, designa un límite infranqueable más allá del cual subsiste un horror sin nombre, el agujero en el corazón del sistema de los significantes. Esta curiosa composición del amor cortés nos enseña que la demanda del ser humano es, en su dimensión más profunda, la de ser privado de algo real.

El vacío es pues determinante en toda forma de sublimación: Es del orden de lo real y el arte utiliza lo imaginario para organizar simbólicamente ese real. En el arte toda producción se organiza en torno al vacío; la religión trata de evitarlo manteniéndose a una justa distancia de la Cosa y lo llena con todas sus ceremonias, y la ciencia, en su pretensión de alcanzar el saber absoluto, lo rechaza.

Esta entronización de una mujer al lugar de la Dama-Cosa es la estrategia más radical a fin de suplir la ausencia de relación sexual vía el amor, única meta de éste. Un amor interruptus. Es así cómo lo imposible se convierte en lo prohibido: a través del cortocircuito entre la Cosa y algún objeto positivo convertido en inaccesible mediante obstáculos artificiales.

El lugar de la Dama-Cosa está originalmente vacío, funciona como un “agujero negro” alrededor del cual está estructurado el deseo del sujeto; y la sublimación ocurre cuando un objeto que es parte de la realidad cotidiana se encuentra en el lugar de la Cosa imposible. La función del obstáculo a algún objeto ordinario, es elevarlo con el fin de que lo imposible, se transforme en lo prohibido.

La noción de obstáculo es promovida deliberadamente, y de un modo que resalta la paradoja del amor cortés. En efecto, si el goce fálico “es el obstáculo por el cual el hombre no llega (…) a gozar del cuerpo de la mujer”[14], en el caso del amor cortés la ausencia de goce fálico alcanza el mismo resultado. Pero esa ausencia, Lacan lo acentúa, es del orden del fingimiento, es decir, del semblante, y no de la elisión. El obstáculo cumple aquí la función de límite. Lacan apela a la noción aristotélica de obstáculo (enstasis), el particular que se opone al universal, pero sometiéndola al tratamiento que conviene a la premisa del inconsciente. Convertirá el obstáculo de Aristóteles en la existencia que funda el universal masculino, a la vez que garantiza el límite del goce.

 

La pervivencia del amor cortés

 

En “El acoso de las fantasías”, Zizek demuestra cómo la lógica del amor cortés continúa estructurando la matriz fantasmática de las relaciones entre los sexos, e ilustra sus argumentos -como ya es habitual en el autor- con ejemplos extraídos del cine. En el surrealismo, por ejemplo, basta con evocar Ese obscuro objeto del deseo, de Buñuel, donde una mujer, por medio de una serie de trucos caprichosos, pospone una y otra vez el momento final de la reunión sexual con su amante, (como el corset con numerosos ganchos imposible de desprender que el hombre descubre bajo su camisón una vez que están en la cama). Encontramos aquí la lógica del amor cortés y de la sublimación en su forma más cruda: un objeto o acto común, cotidiano, se vuelve inaccesible o imposible de realizar una vez que se encuentra en la posición de la Cosa. Aunque la Cosa debería ser fácilmente alcanzable, el universo entero ha sido ajustado de algún modo para producir, una y otra vez, una contingencia insondable que bloquea el acceso al objeto. Buñuel mismo era consciente de esta paradoja lógica: en su autobiografía habla de la “inexplicable imposibilidad de cumplimiento de un deseo simple”, y una serie de filmes ofrece variaciones sobre este motivo: en La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, el héroe quiere cometer un simple asesinato, pero todos sus intentos fallan; en El ángel exterminador, luego de una fiesta, un grupo de personas ricas no pueden cruzar el umbral y abandonar la casa; en El discreto encanto de la burguesía, dos parejas quieren cenar juntas, pero inesperadas complicaciones impiden la realización de este simple deseo.Está claro, ahora, aquello que determina la diferencia con respecto a la dialéctica habitual del deseo y la prohibición: el objetivo de la prohibición no es “elevar el precio” de un objeto dificultando su acceso, sino elevar ese objeto mismo al nivel de la Cosa, del “agujero negro” alrededor del cual se organiza el deseo. Por esta razón, Lacan está totalmente justificado al invertir la fórmula habitual de la sublimación, que entraña el pasaje de la libido de un objeto que satisface una necesidad concreta, material, a un objeto que no tiene conexión aparente con esta necesidad: por ejemplo, que la crítica literaria destructiva se convierte en agresividad sublimada, que la investigación científica en el cuerpo humano se convierte en voyeurismo sublimado, etc. Lo que Lacan designa como sublimación, por el contrario, es el desplazamiento de la libido desde el vacío de la Cosa inutilizable hasta algún objeto concreto, material, que asume una cualidad sublime en el momento en que ocupa el lugar de la Cosa.El amor cortés presenta la siguiente paradoja: el deseo “oficial” del caballero es que quiere intimar sexualmente con la Dama; mientras que, en verdad, no hay nada que tema más que una Dama que podría ceder liberalmente a ese deseo– lo que verdaderamente espera y quiere de la Dama es simplemente otra dilación más –. “La Dama funciona entonces como un cortocircuito único, en el cual el Objeto del deseo coincide con la fuerza que impide alcanzarlo. En cierto modo, el objeto “es” su propio retiro, su propia retracción.”

Un sucedáneo moderno del amor cortés en las últimas décadas llega en la figura de la femme fatale en el film noir, la traumática Mujer-Cosa – normalmente una villana – que, a través de sus demandas insaciables y caprichosas, usa el poder de la sexualidad para atrapar al héroe duro. El rol principal es desempeñado por la tercera persona – en general, por el jefe de la banda – , a quien pertenece “legalmente” la femme fatale: su presencia la vuelve inaccesible y le confiere a su relación con el héroe la marca de la transgresión. Por medio de su vínculo con ella, el héroe traiciona la figura parental que es también su jefe.

Este lazo entre la Dama cortés y la femme fatale puede parecer sorprendente, o bien resultarnos, la femme fatale como la antítesis de la Dama soberana a quien el caballero jura servir. En la actualidad el arquetipo suele ser visto como un personaje que constantemente cruza la línea entre la bondad y la maldad, actuando sin escrúpulos sea cual sea su lealtad. El héroe duro suele avergonzarse de la atracción que siente por ella; y se odia a sí mismo por amarla; o bien, experimenta su amor por ella como una traición a su propio yo. Sin embargo, si pensamos en el impacto traumático original de la Dama, no en su idealización secundaria, la asociación es clara: como la Dama, la femme fatale es una “compañera inhumana”, un Objeto traumático con el que ninguna relación es posible, un vacío apático que impone ordalías arbitrarias, sin sentido.

Esta perseverancia de la matriz del amor cortés da prueba de cierto callejón sin salida en el feminismo contemporáneo. Es cierto que la imagen cortés del hombre sirviendo a su Dama es una apariencia que oculta la realidad de la dominación masculina, es cierto que el teatro masoquista es una mise en scene privada diseñada para recompenzar la culpa contraida por la dominación social del hombre, como así también lo es que la elevación de la mujer a objeto amoroso sublime equivale a su rebajamiento a materia pasiva , o a pantalla para la proyección narcisista del ideal del yo masculino. Lacan mismo señala que, en la época del amor cortés, el estatuto social real de las mujeres como objeto de intercambio en los juegos de poder masculino era probablemente baja. Sin embargo, esta apariencia misma del hombre que sirve a su Dama proporciona a las mujeres la sustancia fantasmática de su identidad, cuyos efectos son reales: le proporciona todos los rasgos que constituyen la llamada “feminidad” y definen a la mujer no como es en su jouissance féminine (goce femenino), sino tal como ella se refiere a sí misma con respecto a su relación potencial con el hombre, como objeto del deseo de éste. Desde esta estructura fantasmática surge la reacción de pánico – no sólo de los hombres, sino también de muchas mujeres – a un feminismo que quiere deprivar a la mujer de su propia “feminidad”. Oponiéndose a la “dominación patriarcal”, las mujeres socavan simultáneamente el soporte fantasmático de su propia identidad “femenina”.

 

Rosa Aksenchuk

 

NOTAS

[1] “[...] la poesía cortés, fue escrita en lengua vulgar –no en la lengua culta, el latín, sino en la lengua romance conocida como occitano o languedoc (lengua de Oc) [...]” (Ibid, p. 52).

[2] Fin’amors, fue el nombe que los trovadores dieron en sus cantos al amor cortés, término éste introducido por Gastón Paris (filólogo, lingüista y romanista francés) en 1883.

[3] Rougemont, D. de, El amor y Occidente, op. cit., pp 106-112.

[4] Zizek, S. El acoso de las fantasías.

[5] Lacan, J., Seminario 7. La ética.

[6] Gilles Deleuze, Presentación de Sacher-Masoch , Amorrortu, Amorrortu, Buenos Aires, 2001, ps. 95 y 96.

[7] Gilles Deleuze, “Sacher-Masoch y Sade”, originariamente publicado como “De Sacher
-Masoch au Masochisme” en Arguments, Nro. 21 (1961).

[8] Presentación de la Dra. María Inés Raitzin de Vidal a la conferencia de Slavoj Žižek, “El trauma: un señuelo engañoso”. Conferencia ofrecida en APdeBA el 22 de junio de 2004. Psicoanálisis APdeBA – Vol. XXVI – Nº 2 – 2004, pp. 473-494.
http://www.apdeba.org/publicaciones/2004/pdf/Conferencia%20Zizek.pdf

[9] Rougemont, D., El amor y Occidente, op. cit., p. 151

[10] Según Rougemont, la región del Midi (Mediodía) era un punto estratégico de cruces geográficos que posibilitó la convergencia de diversas influencias culturales: desde la latina, y la mediterránea, a la musulmana y la germánica, así como la gálica, la bretona y hasta la nórdica.

[11] Ibidem, p. 79.

[12] Lacan, J., Seminario 7. La ética

[13] Freud, S., Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa. (Contribuciones a la psicología del amor, II). En: OC, Vol. 12, Amorrortu

[14] Lacan, J., Seminario 20, Aun

[15] Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles, Tusquets Edit., 1993, p. 39

BIBLIOGRAFÍA

 

Andreas Capellanus / Andrés el Capellán, De amore / Tratado sobre el amor, introd., Ed. y notas de Inés Creixell Vidal. Quadras, Barcelona: El Festín de Esopo, 1985 (Biblioteca Filológica, 4).

Deleuze, Gilles, Presentacion de Sacher Masoch (Lo frio y lo cruel), Amorrortu Edit., Buenos Aires, 2001

Deleuze, Gilles, “Sacher-Masoch y Sade”, originariamente publicado como “De Sacher-Masoch au Masochisme” en Arguments, Nro. 21 (1961).

Freud, Sigmund, Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa. (Contribuciones a la psicología del amor, II). En: OC, Vol. 12, Amorrortu, Buenos Aires

Lacan, Jacques, El seminario 7, La ética del psicoanálisis. Paidós

Lacan, Jacques. “Kant con Sade”. Escritos 2. Buenos Aires, Siglo XXI

Lacan, Jacques, El seminario 20, Aún, Buenos Aires, Paidós

Lewis, C. S., La alegoría del amor. Estudio sobre la tradición medieval, Buenos Aires: EUDEBA, 1969.

Rougemont, Denis de, El amor y Occidente, Kairós, 1997

Sacher-Masoch, L. von, La Venus de las pieles, Tusquets, 1993

Zizek, Slavoj, El acoso de las fantasías. Buenos Aires, Siglo XXI Edit., 2005

Zizek, Slavoj, Presentación de la Dra. María Inés Raitzin de Vidal a la conferencia de Slavoj Žižek, “El trauma: un señuelo engañoso”. Conferencia ofrecida en APdeBA el 22 de junio de 2004. Psicoanálisis APdeBA – Vol. XXVI – Nº 2 – 2004, pp. 473-494. http://www.apdeba.org/publicaciones/2004/pdf/Conferencia%20Zizek.pdf

 

[*] Lic. Rosa Aksenchuk – http://www.psikeba.com.ar/RA/autor.htm
Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Universidad de Buenos Aires. Editora Asociada de la Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net. Directora de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales, Buenos Aires http://www.psikeba.com.ar/. Coordinadora de Arès Atención Psicológica: http://www.arespsi.com.ar. E-mail: rosak@speedy.com.ar

 

 

La teatralidad del amor cortés; el partenaire inhumano – Rosa Aksenchuk
http://www.psikeba.com.ar/articulos/RA_amor_cortes.htm

 

Hombres; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico – I

Julio 6, 2007 by rk

Hombres; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Tal como lo indica etimológicamente su expresión (Neurosis Obsesiva proviene del alemán Zwangneurose. Zwang tiene por sentido constreñir, forzar, obligar, necesitar), el obsesivo se siente constreñido, obligado a pensar. Se trata de un tipo de forzamiento que se ejerce en el ámbito mental, y que es muy notorio y significativo. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Tal como lo indica etimológicamente su expresión (Neurosis Obsesiva proviene del alemán Zwangneurose. Zwang tiene por sentido constreñir, forzar, obligar, necesitar), el obsesivo se siente constreñido, obligado a pensar. Se trata de un tipo de forzamiento que se ejerce en el ámbito mental, y que es muy notorio y significativo. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Hombres; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Malgastan su energía en rumiaciones y razonamientos sin fin. Los caracteriza la ausencia de acciones y pensamientos eficaces, y generalmente les cuesta generar cambios en su medio. Son personas con una marcada tendencia a los escrúpulos, habitados por ideas de moralidad, reparación y/o purificación que se instalan en la conciencia del sujeto y los inquietan.. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Hombres; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Con frecuencia aparecen crisis morales de conciencia, timidez e inhibición, trastornos de sexualidad, trastornos motores, tales como tartamudeo y tics, orden de meticulosidad. Son estrictos y, con frecuencia, avaros. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Hombres; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Suele presentarse además un alto grado de sadismo, que se manifiesta tanto en su faz activa, como puede ser la obstinación y cierta voluntad de poder, como en su faz pasiva, una extrema obediencia, sumisión y conformismo. La vida sexual también está teñida por este sadismo, cuya fantasmática oscila entre las tendencias a cruel posesión y las amenazas de crueldad, acompañadas a veces por pensamientos compulsivos, ritos, ceremoniales y pensamientos mágicos.. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Neurosis Obsesiva. Un pensamiento marcado por la rumiación, la duda y los escrúpulos

a. Campo clínico de la neurosis obsesiva

Tal como lo indica etimológicamente su expresión (Neurosis Obsesiva proviene del alemán Zwangneurose. Zwang tiene por sentido constreñir, forzar, obligar, necesitar), el obsesivo se siente constreñido, obligado a pensar. Se trata de un tipo de forzamiento que se ejerce en el ámbito mental, y que es muy notorio y significativo.

 

Se ve forzado a albergar una idea o una serie de ellas, y aún cuando desde la lógica se le puede demostrar el sin sentido de la misma, ésta no puede ser desbaratada por la confrontación lógica, no puede sustraerse a ella, no obstante puede darse cuenta que el objetivo en sí es un sinsentido.

 

La idea de Zwang puede emparentarse también con la “compulsión”. Este término proviene del latín jurídico “compelere” y se refiere a “forzar a declarar”. La idea de compulsión retoma en el latín el sentido de forzamiento. Los obsesivos se sienten forzados a pensar y se sitian a sí mismos. La consecuencia de esto, fenomenológicamente, da como resultado personas abúlicas, desorientadas, fatigadas, sumidas alusivamente en una idea o grupo de ellas.

 

Malgastan su energía en rumiaciones y razonamientos sin fin. Los caracteriza la ausencia de acciones y pensamientos eficaces, y generalmente les cuesta generar cambios en su medio.

 

Son personas con una marcada tendencia a los escrúpulos, habitados por ideas de moralidad, reparación y/o purificación que se instalan en la conciencia del sujeto y los inquietan.

 

Con frecuencia aparecen crisis morales de conciencia, timidez e inhibición, trastornos de sexualidad, trastornos motores, tales como tartamudeo y tics, orden de meticulosidad. Son estrictos y, con frecuencia, avaros.

 

Suele presentarse además un alto grado de sadismo, que se manifiesta tanto en su faz activa, como puede ser la obstinación y cierta voluntad de poder, como en su faz pasiva, una extrema obediencia, sumisión y conformismo.

 

La vida sexual también está teñida por este sadismo, cuya fantasmática oscila entre las tendencias a cruel posesión y las amenazas de crueldad, acompañadas a veces por pensamientos compulsivos, ritos, ceremoniales y pensamientos mágicos.

 

Otra característica es que han reducido su vida a una mecanización, neutralizan su angustia al precio de ceremoniales y formalidades. La idea obsesiva que es el síntoma relevante de este tipo de enfermedad consiste en la intrusión dentro del pensamiento, de ideas no deseadas por el sujeto y esto puede provocar una oscilación intelectual, la famosa duda, y las manías de presagio. Por ejemplo personas que están muy atentas al uso de determinadas vestimenta como signo de buena o mala suerte. Manías de verificación, como cerrar puertas obsesivamente, una y otra vez para comprobar, si la casa quedó cerrada, o las llaves de luz o de gas. Si bien de estas cosas todos tenemos un poco. (podemos decir que en la neurosis obsesiva adquieren.

 

Los sume un sufrimiento y un padecimiento bastante difícil de tolerar. Algunas personas repiten palabras, o cifras o imágenes compulsivamente como forma de reaseguro. Forzados por su propio pensamiento, esto los lleva a una sensación de astenia, fatiga y desgano, lo que nos plantea la diferencia con cuadros melancólicos. A veces pasan de esta “amansadora” a una acción compulsiva, como contrapartida de su obsequiosa sumisión, o como un intento de liberación de esa sumisión en la que viven y padecen, como así también la imposibilidad de la acción eficaz a la que en general contraponen procedimientos mágicos o ritos.

 

En general, siempre son las situaciones de angustia las que convocan este tipo de rituales, como por ejemplo, dar un examen, una cita amorosa, que suscita tensión, una entrevista de trabajo, y en general apelan a ciertos rituales para garantizar de algún modo un buen resultado, en la fantasía.

 

El neurótico obsesivo no sabe por qué se ve impulsado, compulsado o forzado a dudar de determinado tema o a sentirse con esta especie de intrusión en el pensamiento de la idea obsesiva. Freud va a esclarecer este tipo de problema, ya que estos productos son según sus conceptos, efectos deformados de un conflicto.

 

b. La elección de la neurosis

La neurosis es una elección inconsciente, dice Freud en, “Contribuciones al problema sobre la elección de la neurosis”. Esto está muy claro en el caso del “Hombre de las ratas”. Posee un conflicto que no puede resolver: elegir entre dos mujeres, la que le conviene y la que ama, no elige ninguna, elige la enfermedad. Así se posterga en el tiempo la realización de deseo, porque cuando algo se elige algo se pierde. La idea freudiana es que el analista debe, absteniéndose de sus propios ideales, llevarlo a elegir. Que elija a la rica o la pobre, el analista no lo juzgará por eso, pero que se “juegue” en acto.

En “Sobre una degradación de la vida erótica” (1907) Freud dice que el obsesivo tiende a desfusionar, a disociar la corriente tierna y la erótica. Es uno de los síntomas clásicos, el de no poder sostener el deseo en la mujer amada. Durante un tiempo lo sostiene: la ama pero ya no la desea. Recordemos que la neurosis obsesiva es desde la enseñanza freudiana el “reino de la disociación”.

A veces se complica más la elección: ama a dos y desea a dos. Son formas que toma la disociación. Parecería que la disociación es una tendencia general del aparato psíquico en la neurosis obsesiva, y recae sobre el sujeto, el objeto y las pulsiones.

Otra característica vinculada con la fase anal, es que el obsesivo tiende a destruir a los objetos que ama, es típico de la neurosis obsesiva. Tiene que ver con la fijación a lo anal. Tiende a destruir las cosas, los hijos, los trabajos, sus vínculos o destruir el dinero. No es que no ame a los objetos, le cuesta adueñarse de los frutos de su esfuerzo, debemos tener en cuenta que estas destrucciones no son conscientes o deliberadas, sino inconscientes, no saben que se están destruyendo. Típico del obsesivo: destruir, humillar, degradar al objeto que ama, porque está ligado a las características de la fase anal. Otra vertiente es el sentimiento de culpa. Otro síntoma característico es la duda. Es para no comprometerse, para no elegir (para no “jugarse”).

La neurosis obsesiva es una neurosis que descubrió Freud. Para la Psiquiatría existía como trastorno obsesivo compulsivo, sujetos que se pasaban 4 ó 5 horas lavándose las manos, Freud le da estatuto de entidad neurótica, enfermedad mental y la llama neurosis obsesivo compulsiva. Porque el caso más puro, más paradigmático está compuesto por ideas obsesivas, actos compulsivos y pensamiento o dialecto obsesivo.

¿Qué es el pensamiento obsesivo para Freud? La rumiación mental, pueden estar muchas horas masticando pensamientos. No puede dejar de pensar, el pensamiento lo tiene atrapado. Todos los síntomas tienden a dividirse en dos tiempos (anulación). Una decisión es anulada por la decisión contraria.

Hombres; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico – Presentación

Junio 28, 2007 by rk

HOMBRES; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Escrudiñar el vasto territorio del “alma”, o si se quiere, de la subjetividad masculina es el objetivo de estos apuntes que hoy comienzo a publicar en el blog. Para ello me dedicaré a la neurosis obsesiva, por considerar que esta afección clínica, desde la óptica del psicoanálisis, a la cual adscribo, es el síntoma por excelencia de los hombres, del mismo modo que la histeria lo es en el caso de las mujeres. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

HOMBRES; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Escrudiñar el vasto territorio del “alma”, o si se quiere, de la subjetividad masculina es el objetivo de estos apuntes que hoy comienzo a publicar en el blog. Para ello me dedicaré a la neurosis obsesiva, por considerar que esta afección clínica, desde la óptica del psicoanálisis, a la cual adscribo, es el síntoma por excelencia de los hombres, del mismo modo que la histeria lo es en el caso de las mujeres. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

HOMBRES; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Escrudiñar el vasto territorio del “alma”, o si se quiere, de la subjetividad masculina es el objetivo de estos apuntes que hoy comienzo a publicar en el blog. Para ello me dedicaré a la neurosis obsesiva, por considerar que esta afección clínica, desde la óptica del psicoanálisis, a la cual adscribo, es el síntoma por excelencia de los hombres, del mismo modo que la histeria lo es en el caso de las mujeres. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

HOMBRES; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Escrudiñar el vasto territorio del “alma”, o si se quiere, de la subjetividad masculina es el objetivo de estos apuntes que hoy comienzo a publicar en el blog. Para ello me dedicaré a la neurosis obsesiva, por considerar que esta afección clínica, desde la óptica del psicoanálisis, a la cual adscribo, es el síntoma por excelencia de los hombres, del mismo modo que la histeria lo es en el caso de las mujeres. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

HOMBRES; trazos estructurales y variantes clínicas de la neurosis obsesiva. Un estudio psicoanalítico. Rosa Aksenchuk. Escrudiñar el vasto territorio del “alma”, o si se quiere, de la subjetividad masculina es el objetivo de estos apuntes que hoy comienzo a publicar en el blog. Para ello me dedicaré a la neurosis obsesiva, por considerar que esta afección clínica, desde la óptica del psicoanálisis, a la cual adscribo, es el síntoma por excelencia de los hombres, del mismo modo que la histeria lo es en el caso de las mujeres. Licenciada en Psicología (UBA). Directora de Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales © 2007.

Escrudiñar el vasto territorio del “alma”, o si se quiere, de la subjetividad masculina es el objetivo de estos apuntes que hoy comienzo a publicar en el blog. Para ello me dedicaré a la neurosis obsesiva, por considerar que esta afección clínica, desde la óptica del psicoanálisis, a la cual adscribo, es el síntoma por excelencia de los hombres, del mismo modo que la histeria lo es en el caso de las mujeres.

 

La vía así propuesta transitará desde los contenidos relacionados con la Psicopatología, como los mecanismos de formación de síntoma, la anulación y el aislamiento propio en este tipo de padecer; los desarrollos aportados por Sigmund Freud y Jacques Lacan, como asimismo, viñetas clínicas, ejemplos de la vida cotidiana, algunas reflexiones acerca de la dirección de la cura, y los aspectos fenomenológicos más distintivos, como las rumiaciones, la duda obsesiva, los actos compulsivos, el dialecto obsesivo y su sufrimiento en el pensamiento, sólida cárcel en la que el obsesivo suele recluirse. Y otros tópicos que necesiten tal vez un mayor desarrollo o apoyatura teórica como la paradójica amalgama entre deseo y prohibición, la deuda, etc.. El texto se irá deslizando por los escenarios donde el obsesivo se desplaza y suele fijarse (fixium): entre la hazaña, el desafío, su religiosa oblatividad, sus actings, su altruismo – es decir el reconocimiento del deseo del Otro – , fantasmas obsesivos que irrumpen con frecuencia en el discurso de todo obsesivo en el diván del consultorio. Escenarios que no giran sólo en torno a lo imaginario, sino que comprometen, también, a lo real, en un más acá y un más allá del espejo donde se involucra el goce superyoico. Goce, al cual los desarrollos lacanianos – entiendo – resultan necesarios para iluminar este camino a investigar, que por supuesto no tiene la pretensión de llegar a una mirada o a un saber exhaustivo y por tanto tan extraño y antagónico al psicoanálisis.

 

El intento, entre otras cuestiones, es que de alli en más pueda ir decantándose lo estructural, o sea, aquello presente invariablemente en todo obsesivo; y lo que va modificándose a través de las épocas. Esto parte de la discriminación entre un discurso del Otro que no varía, y un discurso de la subjetividad de la época que nos convoca a repensar lo nuevo e inédito del malestar de la época a la luz de los cambios producidos en nuestro mundo, esto desde la óptica de los distintos autores y sistemas de pensamiento contemporáneos, una tarea teórica y un emplazamiento vital, el de entender y tomar posición ante lo nuevo e inédito que este cruce de caminos que es la posmodernidad nos ofrece.

 

Es por esta razón que la última parte tratará de la Neurosis Obsesiva tal como se presenta en la clínica actual de nuestros días, considerando que tales efectos en la subjetividad de los ciudadanos conmueven al analista y le plantean nuevos problemas. Los casos que llegan al consultorio no tienen ya la “pureza clínica” de un siglo atrás. Tampoco llegan a la consulta representados por sus formaciones del inconsciente. No son pocas las veces que llegan de acting en acting, con escasas posibilidades asociativas respecto de lo que les acontece. Las obsesiones ya no son el compendio de rituales sistematizados descritos por Sigmund Freud en el inicio de sus investigaciones.

 

Sin embargo, sin desestimar desde luego los aportes de autores contemporáneos que han hecho importantes contribuciones sobre estos tópicos, creo que no soy una de las pocas a la que le ha resultado imprescindible retornar a la lectura freudiana y a la letra lacaniana para emprender este camino de interrogantes y elaboraciones. Es en este sentido que puedo decir que estamos hoy día más cerca de Freud y de Lacan de lo que imaginamos. No es extraño que no sean sólo los psicoanalistas los que recurran a sus obras a la hora de intentar un acercamiento a los enigmas que plantea tanto la subjetividad como las grandes transformaciones dentro de la sociedad, incluso, por ejemplo, las neurociencias están recurriendo con frecuencia a consultar las investigaciones freudianas.

 

En la cotidianeidad que nos toca vivir dentro de nuestras sociedades, está claro que se advierte un escepticismo generalizado en el hombre moderno, la caida de los ideales que otrora sostuvieron el proyecto de vida de generaciones de jóvenes ha colapsado. La aparición de una nueva forma de vida que se conoce como posmodernismo, y corresponde a una ruptura en la modernidad que diversos ensayistas tuvieron en cuenta, cada uno a su manera. Jean-François Lyotard fue uno de ellos, y uno de los primeros en señalar la entrada en este tiempo posmoderno, al que llamó de Caida de los grandes Relatos.

 

 

 

Un tiempo que se caracteriza por el agotamiento y la desaparición de los grandes relatos de legitimación, en particular, el relato religioso y el relato político, tambien el marxismo, etc. Se asiste incluso a grandes transformaciones en la producción del saber y en los paradigmas sociales sobre las cuales la modernidad clásica se basaba, y a la adopción de una nueva propuesta político-económica como es el caso del neoliberalismo o capitalismo tardío, que como veimos viendo ha marcado profundos cambios, donde el tiempo y el espacio sociales son divididos por la victoria mundial de un mercado con transacciones, intercambios comerciales entre países que se hacen a un ritmo de vértigo, los que sin duda afecta el corazón mismo de hombres y mujeres. En 1992, Fukuyama también habló de un “fin de la historia” y del último hombre. Consideraba que la Historia humana, como lucha de ideologías había terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal. Es así, como muchas de las conceptualizaciones y textos que componen la obra freudiana fueron menospreciados cuando no rechazados, El Malestar en la cultura no escapó a esta discriminación, sin embargo, a más de un siglo Freud parece llevarse la razón en los peores pronósticos. La desgraciada historia de la psicología de las masas y los variados holocaustos del siglo XX -a los que ya podemos agregar los del XXI- son lamentables muestras de la conexión entre el lado amable de las insignias y el lado mortífero al que conducen “hipnóticamente”, más allá del amor. El simple cambio de las condiciones de la propiedad ocurridas en la U.R.S.S. no bastaron, tal como Freud lo predijo, para mejorar al hombre.

 

 

El programa ético de El malestar en la Cultura es el de un superyó que intenta corregir lo que el programa de la cultura no ha podido. En nuestra época, en cambio -como también se argumentará con recurso a Zizek- el superyó ya no se nutre de renuncias sino que insta al sujeto a un goce autista y sin freno por medio de una fetichización de bienes y objetos que a la vez arrasa con las particularidades y retorna correlativamente en diversos tipos de segregación y fundamentalismos. Pues si bien no debemos dejar de contabilizar en su haber los aspectos auspiciosos que los fabulosos avances de las ciencias y la tecnología seguramente posibilitan, no dejan sin embargo de generar sufrimientos inéditos tanto a nivel subjetivo como el síntoma abordado desde su dimensión social. La caida de las Torres, y otros hechos lo testimonian. Sin embargo, como lo recuerda Lacan, frente a estas discordancias estructurales, cada generación reinventa una postura ante la búsqueda de técnicas de felicidad y los arreglos de goce. Avanzar en la dimensión ética, en el interior de la práctica psicoanalítica lleva entonces a ubicar este malestar en el contexto de las condiciones de la subjetividad de la época.

 

El otro discurso, el de la difusión y uso de los psicofármacos que se venden sin escrupulosidad alguna, difusión acompañada por una masiva y constante profusión e invasión de avisos de todo tipo en las casillas de correo de los usuarios de internet, y que se medica con escaso o nulo criterio a niños que presentan trastornos de atención, entre otros. Según lo que puedo afirmar desde mi experiencia clínica, han traido más estragos que ventajas. No me refiero aquí solamente a los efectos colaterales que algunos antidepresivos considerados ya en desuso causaban como es el caso de los antidepresivos triciclicos, por nombrar sólo uno de ellos; sino también a los efectos -en muchos casos devastadores- que en la actualidad producen aquellos fármacos de “ultima generación”, que consiguen junto con estas indeseables secuelas, disolver la subjetividad en una molécula sin interesar el precio que el sujeto medicado termina “pagando”. Me ha tocado atender a algunos pacientes a los que se les había recetado Rivotril sin siquiera preguntárseles si ingerían bebidas alcohólicas. Uno de ellos, que acudió por primera vez a mi consulta – acompañado por sus familiares – expuso sus grandes dificultades para poder desarrollar las actividades que habitualmente realizaba normalmente, por no disponer de las fuerzas necesarias y sentirse “en otro mundo” al punto de haber cambiado recientemente su automóvil sin poder estrenarlo debido a que la interacción medicamentosa había obturado sus reflejos. Al volver a la consulta con el profesional en cuestión, en lugar de recibir una disculpa, este lo increpó por no haberle avisado que consumía bebidas alcohólicas en cierto grado elevado. Puede resultar llamativo pero no es infrecuente cómo funcionan algunos sujetos, grupos, instituciones (por supuesto, profesionales o no) cuando lejos de responder por sus actos terminan algo así, como endosando el superyó al paciente, como ocurrió en este caso.

 

No cabe duda, que estas cuestiones son muy convenientes para el establishment norteamericano que se regodea, como siempre, en la captación sin prisa y sin pausa de nuevos mercados; pero en nuestro país – aun cuando la transculturación yanqui ha avanzado a pasos ultravertiginosos- , nuestra idiosincracia no es la misma que los ciudadanos que viven bajo la égida del “Imperio”, ¿Por qué permitirnos entonces proponer recetas importadas al precio de nuestra propia subjetividad?

 

Estas cuestiones que son tan antiguas como el mundo, no son otra cosa que la repetición de programas donde la inmixión del poder es muy fuerte y las ganancias que de ella se derivan muy gozosas, para ello, por supuesto les es necesario prescindir de todo interés por el estudio de las consecuencias que al ser humano puede acarrearle. Esto ocurre, además, en un un ámbito donde se desdibuja la responsabilidad singular, los sujetos se eclipsan sin hacerse cargo de sus actos y las consecuencias de los mismos, y se persigue el ideal de “éxito” a cualquier precio y de cualquier modo.

 

La “depresión” contemporánea y psicofarmacológica promovida por la laboratorios internacionales encubre la soledad que el imperio del amo moderno induce por medio del mercado consumista. El sueño americano ha llegado, ha traido grandes comodidades que no podemos negar ni desestimar, pero no ha resuelto la consecución de grandes satisfacciones y mucho menos alcanzar la felicidad añorada.

El goce culto y la homogeneización de los discursos

Junio 5, 2007 by rk

Un discurso es en cierto modo
una máquina de producción de una especie
de convivencialidad entre los goces
de los distintos individuos.
El efecto de un discurso consiste siempre
en producir homogeneización.
Colette Soler

Desde siempre se han producido sistemas filosóficos que han considerado la tarea de organizar la manera en que cada uno debería acoplarse al goce de todos, tomando como base en algunas ocasiones, presuntas leyes naturales, otras veces las leyes de Dios. Pero hoy en día, la ciencia toma el relevo de esta noble misión. Se advierte una proliferación desenfrenada de instrumentos de control, rastreo de datos y acumulación de informes, de técnicas muy sofisticadas de registro y aparatos de observación y verificación sobre cuestiones, por ejemplo, como la “intensidad del orgasmo”. Para todo aquel sujeto que tenga dudas la ciencia le podría contestar si goza lo suficiente, o no. También puede decirle todo acerca de sus gustos, su vocación, el partenaire sexual que le conviene. El horizonte teórico de las llamadas “ciencias del hombre” se extiende hasta producir un cuerpo de saber cuyo tamaño descomunal sólo es comparable a su puerilidad. No obstante, engendra mucho poder.

La principal función que cumplen estos corpus teóricos es, sin duda, reforzar el esquema de sujeciones y controles de toda especie, de modo que pronto no existiría nadie que no haga nada sin preguntarle antes a un “especialista”.

A este nivel, las cosas no son simples de desanudar, porque hay goce en ser vigilado, controlado, manipulado, lo cual se engarza fantasmáticamente con las formas activas de vigilar, controlar y manipular. La manera más simple de manipular es el “buen consejo”. Estamos en una cultura sumamente aconsejante, donde cada uno se pasa la vida diciéndole al otro lo que tiene que hacer. El saber dirigido al sujeto en posición de objeto de goce de ese mismo saber sólo puede producir más síntomas, lo que a su vez incrementan la orden: ¡Hay que saber más! Podemos representárnoslo como un discurso universitario que gira en redondo, produciendo cada vez más saberes vanos y más síntomas. Al emerger más síntomas, aumenta la demanda de manipulación.

Hay toda una clase de facultativos, a quienes circunspectos locutores piden consejos en nombre de un público ávido de recetas. Esas recetas de expertos suelen cabalgar sobre el prestigio que secularmente han adquirido determinados vocablos, como ser “tradición”, “familia”, “ciencia”, “ley”, “bien”, etc. Si alguien enuncia una frase en nombre de la ley, por ejemplo, o de la protección de la familia, queda investido por un tiempo de la misma autoridad que la palabra posee. Son algo así como vocablos sagrados, nombres de Dios, que existen en el lenguaje común. Esto ayuda a aquel que se presenta con cualquier saber que opere en nombre de esos vocablos, a enunciar lo que convendría a cada uno y a todos; a instrumentar a quienes están en transferencia con él. No creo que haya que concebir este tipo de maniobras, simplemente según el modelo donde los de arriba gozan a los de abajo, sino además como un reticulado donde por numerosas vías de comunicación, cada uno es gozado por todos y el sujeto “jurídico” es nada más que la vestidura consciente de esta explotación.

El goce comunitario no tiene solamente una función de exclusión, de destino hacia aquel que no se avenga a las formas asumidas, a los argumentos dentro de los cuales debe insertar su propio goce, sino también la función de absorción. El ejemplo más potente para los psicoanalistas es la “peste” que Freud creyó llevar a EEUU.

Otra forma “normal” en que se presenta este goce, esta explotación de cada uno por todos, es la doxa, la opinión conscientemente aceptada sobre los valores, los ideales, las cosas que deben privilegiarse, los méritos, los pros y los contras, etcétera. En la conducción práctica del análisis nadie deja de sentir la inercia propia de esta expoliación. Es al decir de Lacan “la primera forma de resistencia con la que tiene que habérselas el análisis, la del discurso mismo, en tanto es discurso de la opinión, y del que toda objetivación psicológica se mostrará solidaria en ese sentido.”

Las perversiones – Parte I – El perverso y su libreto

Mayo 19, 2007 by rk

Las perversiones siempre han tenido mala prensa. Contrariamente a las apariencias y a los lugares comunes, la cuestión de las perversiones, es en primer lugar doblemente compleja. Los comentarios poco afortunados y las tergiversaciones de las que suelen ser objeto en los medios de comunicación traducen el desconocimiento fundamental que reina en este dominio. Por un lado, la perversión es constantemente asociada a una idea de manipulación estratégicamente desplegada por el perverso, con la finalidad de dañar. Por el otro, la perversión está casi siempre relegada al rango de los avatares de la “perversidad”. Tanto en un caso como en el otro, el énfasis recae sobre la dimensión de la transgresión de las normas establecidas.

 

Las perversiones no pueden ser referidas a connotaciones tan mezquinas. Las actuaciones perversas no obedecen, prioritariamente, a la prosecución de objetivos deliberadamente perniciosos. A tal punto que, si se pueden identificar algunas conductas estratégicas en el curso del proceso perverso, estas estrategias se ejercen mucho menos con la finalidad de dañar que con la finalidad de gozar. Es justamente este goce el que ejerce indiscutiblemente en el otro un polo de atracción que, a la vez, seduce y fascina pero vuelve tan a menudo las perversiones inadmisibles. De hecho, ese goce no puede ser adquirido más que al precio de la transgresión.

 

El perverso tiene la audacia de actuar a la luz del día aquello que atormenta secretamente a todos sin autorizarse jamás a darle cumplimiento. Por otra parte, allí se sitúa una línea divisoria radical entre la estructura de los perversos y la de los neuróticos, es decir la diferencia que existe entre un acto auténticamente perverso y la construcción de un fantasma. El perverso es sucesivamente estratega, prestidigitador, jugador y director teatral de pases mágicos hipnotizantes que nos suelen dejar atónitos, aunque sea por un instante. De hecho, ese poder de seducción encuentra infaltablemente su punto de detención lógica.

 

En el súmmum de su escenificación, el perverso descubre, en efecto, con horror y angustia, el límite de su propio montaje imaginario. Fracasa allí donde su goce lo lleva a creer lo contrario, es decir en el momento fecundo en que se imagina por fin que domina lo que le excita, y en el que se ilusiona sobre el hecho de que va a conseguirlo embaucando a su partenaire. El lugar de su fracaso es siempre el mismo: aquel en el que resulta derrotado su enceguecimiento en la renegación de la castración, con la implicaciones que ello supone respecto de la diferencia entre los sexos.

 

En este sentido, el libreto perverso es más una parodia trágica que un exutorio real para la posibilidad de un goce ilimitado. Por esta razón, el perverso es en primerísimo lugar víctima de su propio montaje. Es su juguete en el sentido de las determinaciones psíquicas que lo condenan al mismo.

 

Las perversiones nos remiten a la lógica singular de una organización psíquica, es decir a una estructura. Ello recusa la idea de que las desviaciones perversas sean maquiavélicas. Por añadidura, esta estructura atestigua mucho más la captura de un sujeto que lo que predica a favor de su liberación.

 

Más allá de su inextinguible “voluntad de goce” (Lacan), el perverso es prisionero de una economía deseante imposible, al menos, por la elección de las vías de cumplimiento capaces de ponerla en acto. El compromiso que lo anima lo conduce siempre a la misma tentativa de demostración: intentar probar la existencia de un más allá de la diferencia de los sexos. Así, el perverso se agota en el intento de dar esta prueba, para descubrir continuamente que él mismo se ha quedado en un más acá: todo el goce del perverso está orquestado con arreglo a esta apuesta.

 

Cuando Lacan aborda escribe Kant con Sade deja claro que en Sade hay casi una obligación por el goce. Sade quiere gozar, y prohibe que nada, ni siquiera lo humano, obstaculice su goce. Nuestro deber –de esencia kantiana, destaca Lacan – es dejar vía libre para que se cumpla la Ley. Sade, desde este punto de vista, es víctima de su goce. Algo que Lacan encuentra como ausente de contradicción: “El rigor de su pensamiento pasa a la lógica de su vida”, escribió Lacan.

 

Por otra parte, lo que pone en evidencia toda la teoría de Sade es que de ninguna manera en la perversión se trata del cuerpo del otro como un cuerpo entero, no se goza del cuerpo del otro como cuerpo entero, se goza de una parte del cuerpo del otro, de allí la cuestión de parcialidad de la pulsión. ¿Quién goza?

 

Esta no es la pregunta que se hace el perverso, porque el perverso no se hace preguntas, demuestra. Lo que el perverso quiere demostrar es que el goce es del Otro y para eso el sujeto se hace objeto del goce del otro, o mejor dicho, instrumento del goce del Otro.